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lunes 23 de junio de 2008

Emilio González Sáinz y José Luis Mazarío: largos trazos de una amistad. Luis Alberto Salcines































La casualidad ha hecho coincidir las exposiciones de dos pintores cántabros a los que une una antigua e intensa amistad, acentuada con el paso de los años. José Luis Mazarío muestra su innovadora obra reciente (sus circos, sus paisajes…) en la galería Siboney, Emilio González Sainz exhibe su poética vuelta de tuerca (sus interiores, sus paisajes melancólicos y serenos…) en Caja Cantabria.
Se conocieron a los doce años como alumnos del pintor Julio Sanz Sáiz en el estudio que éste tenía en el Barrio de Covadonga de Torrelavega. Allí estuvieron dos años. Su relación se interrumpió cuando los padres de José Luis se trasladaron a vivir a Santander.
Algunos años más tarde, se encuentran. Emilio le cuenta a José Luis que está haciendo BBAA en Bilbao y le anima a que él lo haga. Un año después éste se matricularía en la misma Facultad y compartirían piso durante un curso.
Al acabar preparan las oposiciones a Secundaria. Las obtendrían en el mismo orden en el que comenzaron los estudios, primero Emilio, un año después José Luis.
Su relación se va intensificando. Durante el curso 89-90 comparten estudio en Santander junto a Raúl Reyes. Un año más tarde, Emilio se va a vivir a Ucieda e impartir clases en Cabezón de la Sal, José Luis si iría a Gandarilla y trabajaría a en San Vicente. Semanalmente se visitan. Los jueves era costumbre verse en Gandarilla. De noche, hasta altas horas de la madrugada, acompañados de música rock (Emilio formó parte de un grupo con el que no estoy muy seguro ahora si llegó a actuar) y algún carajillo, pintaban temperas y acuarelas.
Quisiera imaginar la escena, la serenidad y el metodismo de Emilio, casi monacal, frente a la energía, la pasión y el caos de José Luis. Recuerdo a Mazarío llegando a clase a primera hora de la mañana, acelerado, azotao dicen en Asturias, sofocado, entrando en el centro como las canastas que se consiguen en baloncesto cuando el balón inicia el descenso hacia el aro y está sonando la campana.
Algunos días después nos llevaba unos cuadernos para que viéramos las acuarelas y apuntes del natural que había hecho en el estudio o recorriendo los paisajes de Ucieda o Gandarilla, como más tarde cuando se trasladaron en verano a Cornualles, un viaje de pintores, decía Emilio, un viaje para pintar. No sólo del natural sino también creaciones propias.
Probablemente esta fuese le etapa en la que más afinidades hubo entre sus obras. Había una complicidad, una atmósfera, un sentimiento común, una actitud similar ante la pintura. El crítico Gabriel Rodríguez hacía referencia en uno de sus textos a esta afinidad cuando escribía: “José Luis Mazarío ha trabajado siempre en una curiosa sintonía con Emilio González Sainz. En este camino paralelo hay que resaltar la similitud temática y la divergencia técnica. En cualquier caso la obra de Mazarío es mucho más romántica y más terrenal”
Más tarde, sus trayectorias artísticas se fueron consolidando, consiguieron una madurez y una dicción personal y tuvieron un desarrollo en algunos momentos paralélelas. Exponen en colectivas como Atrévete Cantabria, la primera edición de El puente de la visión del Museo de Bellas Artes de Santander en 1996 junto a Antonio Mesones, luego los dos en Carmen de la Calle de Jerez de la Frontera en 1997, la Bienal de Oviedo en 1996, las ediciones de sus catálogos del Colegio de Arquitectos de Santander en 2000 presentados por Fernando Zamanillo, más diversas colectivas organizadas por la Consejería de Cultura y la Galería Siboney, a la que se habían incorporado (la primera individual de Mazarío en ella es en 1988, González Sainz lo haría en 1992) tanto en la propia sala como en otros espacios, por ejemplo su presencia en la feria madrileña de ARCO en varias ocasiones.
En definitiva, una larga e intensa relación artística y humana, desde la complicidad en la pintura y los afectos, que les lleva a consultarse recíprocamente en cuanto hacen obra nueva esperando el juicio sincero, implacable del amigo pintor que conoce su pintura y que sabe de dónde procede todo, de la cabeza, del corazón y de la mano.
Al espectador, entre tanto, la cabe disfrutar con los paisajes blancos y melancólicos, de silencio, los interiores con acento inglés de viejos exploradores y de zoólogos, las cuevas de antiguos ermitaños, de Emilio González Sainz. Al mismo el visitante se deleitará con las obras de José Luis Mazarío, sus interiores con jarrones, sus escenas de circo llenas de melancolía, sus paisajes de agua en bosques, playas y puertos junto a viviendas domésticas o arquitecturas metafísicas, con personajes solitarios o parejas abandonadas al abrazo del amor, o su reinterpretación de clásicos como Zurbarán.

Nota de La Grúa: acompañamos este artículo de Luis Salcines con unas reproducciones de obras de los dos pintores mencionados. Las cuatro de arriba son de José Luis Mazarío, las cuatro de abajo de Emilio González Sáinz

domingo 18 de mayo de 2008

Relatos de pueblo con picota: memoria viva. Luis Alberto Salcines


Escribe Eutiquio Cabrerizo en su primera estampa, En septiembre las palomas, a modo de declaración de principios: “Los que hemos aprendido a vivir lejos de los lugares donde disfrutamos de la inocencia conservamos la memoria preñada de olores, de sabores, de sonidos y paisajes que quedaron sembrados para siempre en nuestra cabeza. El olor de los árboles cuando nos bañábamos en el río a la sombra de las choperas. El sabor de la fruta de los huertos que cogíamos todavía un poco agria y comíamos casi de la rama. El sonido brillante y claro que esparcía el campanario de la iglesia los domingos por la mañana y nos despertaba emociones de fiesta.”
Continúa: “Y cuando necesitamos coger aire para reconfortarnos en el desarraigo nos dejamos arrastrar por la tolvanera de todos los recuerdos y volvemos al sitio donde nacimos buscando las huellas sagradas que ha ido respetando el tiempo”.
Estos dos párrafos expresan el espíritu de la prosa escrita por Eutiquio Cabrerizo y con ellos comienza también el último relato, Entramorríos, como una forma de cerrar el círculo.
El libro lo constituyen una serie de evocaciones del autor de su pueblo de infancia. En ellas Eutiquio rememora en relatos de apenas dos o tres páginas imágenes de su infancia, olores, personajes singulares, costumbres, fiestas, refranes… De las costumbres vinculadas a las estaciones del año y las tareas agrícolas correspondientes. Habla de la emigración española a centro Europa o a la capital para conseguir un trabajo de portero (Desarraigo), de misteriosas leyendas (la búsqueda de un supuesto tesoro en Las huellas de un tesoro) y tradiciones transmitidas oralmente (las marzas en La ronda de los mozos), del miedo de los pueblos a las incursiones de los lobos en sus rebaños y las múltiples leyendas sobre ellos, del niño que tiene que irse al colegio de la capital, de sus añoranzas del pueblo en él y, de sus regresos en las vacaciones infinitas del verano ansioso por conocer todo lo que ha sucedido en el pueblo durante su ausencia.
Habla de las gamberradas propias de la juventud y de los juegos: “Los juegos tenían nombres que no existen en los diccionarios, y despertaban en nosotros el embrujo mágico de los buenos ratos vividos otras tardes jugando y riendo sentados en corro alrededor de la lumbre mientras escuchábamos el viento que aullaba en la chimenea y sabíamos que fuera seguía lloviendo o nevando”.
Una cierta nostalgia macera sus relatos, que se teñirá de miedo en algún caso concreto, por ejemplo ese miedo atávico de los niños a los traslados de domicilio de sus padres, de ciudad: “El día que los padres dijeron a su hijo que iban a irse a vivir a Madrid a trabajar en la portería de una casa de gente muy rica que les habían buscado unos parientes en vez de alegrarse se entristeció pensando que allí no conocería a nadie para jugar a la tuta, cambiar los papeles repetidos o ir a los plantíos a matar pájaros”.
O cuando le llevan al nuevo colegio de la ciudad: nuevos amigos, la experiencia de ir en tren por vez primera: “La locomotora es como una trilladora con las tripas llenas de carbones encendidos que va resoplando humo por la chimenea y arrastra más de veinte vagones si hace falta”.
El tren como modernidad no conocida, pero asimismo, la decadencia de los pueblos cuando el tren deja de ser rentable y ya no presta servicio.
Muchas de las páginas del libro están inspiradas en la oralidad transmitida En ella cumplen un papel fundamental los ancianos, que son los que dan las consejas. En el libro de Eutiquio esa función la realizan los abuelos, que son los que dan ternura y cariño incondicional a la vez que cuentan las historias que luego él ha desarrollado (La cocina).
“Ya no quedan en los pueblos contadores de historias como ella, y cada vez hay menos gente que se reúna alrededor de la lumbre para hablar del pasado o de las cosechas, o entretener a los más pequeños de la casa jugando a aquellos juegos entrañables a los que ya nadie volverá a jugar”.
Y siempre con mucho humor y aludiendo a la fina ironía pero noble de las gentes de los pueblos, a su picaresca burlona, en determinadas ocasiones, relacionada con la dignidad ofendida, relacionada con la supervivencia otras (A última hora).
Uno de los logros de Eutiquio es el cómo cuenta las cosas. Parece que las leyendas e historias que nos va narrando se las estamos oyendo en la cocina de la vieja casa familiar un atardecer de invierno al calor de la lumbre. Transmiten el espíritu de las consejas que él mismo, todos, hemos oído desde siempre a nuestros mayores. En su novela La charca de los enebrales, su protagonista recuerda cuando de pequeño el tío Virgilio le contaba historias: “En ningún libro encontré la emoción que sentí cuando él me contó por primera vez aquellas historias alrededor de la lumbre”.
Quiero decir que hay preocupación porque el texto esté bien escrito, por hacer literatura, pero al mismo tiempo, pon conseguir esa sencillez que remite a la oralidad, al tiempo sin tiempo. Al tiempo de conversaciones familiares y entre amigos sin la televisión que nos robe la comunicación íntima. Lo cual contribuye al placer de la lectura., al disfrute de un libro que cuando uno acaba de leerle parece que pide más.
“Extremando infinitamente la elección de cada palabra para que cada una de ellas dijese con precisión lo que deseaba decir exactamente, sin que ninguna traicionase su pensamiento y su intención de escribir” describe Eutiquio en Estelas de una diosa a su protagonista.
Las historias narradas corresponden a un pueblo castellano. Eutiqio nació en Fuentearmegil, un pueblo de Soria. Pero son historias universales. Pudieron haber sucedido en cualquier otro pueblo. Las identificamos como próximas, conocidas. Algunas en concreto, qué duda cabe, son comunes a los pueblos de los años sesenta de una España que quiere modernizarse pero que en el mundo rural están aún lejos de conseguirlo.
Y Eutiquio Cabrerizo recupera no sólo estampas de la memoria, también hay una recuperación del lenguaje, y ya sabemos la relación que tiene el lenguaje con la vida y el contexto social. Somos lenguaje. Escribía en La charca de los enebrales: “Por esa misma razón las palabras no son inocentes tampoco en sí mismas ni nosotros lo somos a la hora de elegirlas. Todas las palabras significan, y dicen mucho de lo que pensamos de las personas y de las cosas”.
Hay muchas palabras y denominaciones que son específicas de su territorio de infancia, palabras de un ámbito cultural concreto, palabras que no sé si aún se emplean, que probablemente desaparecerán porque remiten a unas formas de vida ya en desuso. “En poco tiempo se olvidaron también estas palabras y lo que significaban”, escribe Eutiquio. Cito algunas: zarragón, pingurucha, ubios, horcates, corroncho, cámbara, lebrillo, azumbre, támbaras… Son palabras que tienen un poder evocador, un sonido castellano especial. No sé si hubiese sido conveniente incluir un breve vocabulario al final del libro.
Tiene el libro un hilo de continuidad con su novela antes citada La charca de los enebrales. En ella Eutiquio nos cuenta la vida de un niño de un pueblo castellano que después de un intento en Madrid para mantener la visión, es enviado a un colegio para invidentes que él sitúa cerca de Torrelavega. La vida rural que el protagonista recuerda, las estampas que su memoria guarda de la infancia en la aldea, la experiencia intensa sentida al conocer Madrid, la gran ciudad …están descritas con sencillez y emoción, como sucede con los relatos que integran Cuentos de un pueblo con picota.
Por cierto, obra con la que obtuvo el Premio Tiflos de Novela para escritores ciegos convocado por la ONCE en 1999. Les digo el jurado: José Hierro, Luis Mateo Díez, Benítez Reyes, García Montero, Almudena Grandes y Ana Roseti entre otros. Un jurado de lujo, evidentemente.
Por último reseñar que me ha llamado la atención que no haya ninguna referencia a sucesos o personajes del pueblo relacionados con la guerra civil, de un bando o de otro, algo habitual en los pueblos que guardan rencores o silencios alusivos sobre un periodo al que no pueden renunciar aunque quieran.
Un libro, en resumen, lleno de riqueza sensorial y de lirismo en sus descripciones, de memoria y de vida, de homenaje a nuestros anónimos pueblos castellanos y sus gentes, resistiendo unos y siendo granero de España, emigrando para crear riqueza en las grandes ciudades del norte o en Madrid otros. Un libro lleno de sentimiento y melancolía. Un libro necesario.
Las ilustraciones de Cruz López más las fotos en blanco y negro, nos aproximan más intensamente a través de las escenas populares y los paisajes que recrean a la intimidad y ternura que describe Eutiquio.
“Cada pueblo tiene su historia, y cada historia tiene detrás las gentes que las vivieron, que las siguen viviendo cada día y hacen que continúe siendo posible la vida y el progreso”, escribe Eutiquio Cabrerizo. Unas estampas de esa historia, llenas de melancolía y belleza, de hondo sentimiento y de buena literatura nos las ha transmitido su autor en este libro.

jueves 15 de mayo de 2008

Manuel Arce. ochenta años de intensidad vital. Luis Alberto Salcines


RODANDO, de hombre en hombre,
sin saber cómo, he caído,
cayendo
en medio del mundo mismo

Manuel Arce



Hace unas semanas cumplía sus primeros ochenta años el escritor Manuel Arce. Coincidió la fecha con su estancia en Madrid y en esa ciudad, en la que pasa temporadas en las que aprovecha para ver exposiciones y saludar a amigos, celebró con su familia el feliz aniversario.

Manuel Arce nació en San Roque del Acebal en 1928, pequeño pueblo del oriente de Asturias próximo a Llanes. El paisaje de su infancia estaría presente luego en sus tres primeras novelas, Testamento en la Montaña, Pintado sobre el vacío y La tentación de vivir, como lo estaría más adelante la ciudad de Santander. Escribía en una ocasión refiriéndose a su paisaje de infancia:

“El punto crucial de esta geografía íntima lo constituye, por supuesto, el paisaje de San Roque del Acebal (en cuya estación de ferrocarril nací) y, por extensión, lo que yo llamo sus alrededores. O sea: desde el antiguo Molino del Río Purón, en el oriente, hasta la zona occidental de Posada. Éste es, por lo general, el escenario geográfico en cuya orografía y paisaje he situado la peripecia literaria de mis personajes. Debo confesar que también era éste el territorio de mis correrías infantiles y de mis primeras romerías. A nadie puede sorprender, por lo tanto, que éste fuese el paisaje primero de mis primeras obras literarias. No un paisaje inventado, sino un paisaje vivido. Y, dentro de la narración, un paisaje revivido. Recuperado por la memoria para alimentar la nostalgia del recuerdo”

A los ocho años se traslada a vivir a Santander, territorio literario de sus novelas posteriores. Desde muy joven comienza a escribir. Conoce a Julio Maruri, quien lee sus versos y le descubre la Generación del 27. A través del poeta de Las aves y los niños entraría a formar parte del grupo Proel a partir de 1945. Sería el miembro más joven.

En 1948 crea y dirige la revista y colección de libros La isla de los ratones, en la que publicarían las voces poéticas más importantes del siglo veinte español más algunas de la lírica universal.

En 1952 abre en la calle San José, con una exposición del pintor Benjamín Palencia, la galería Sur, en la que expondrían los artistas españoles más destacados de aquellos años. Allí se vieron las obras informalistas de los grupos El Paso, Dau al Set, la renovación figurativa que aportaron las Escuelas de Vallecas y de Madrid y, por supuesto, muchos artistas cántabros del momento, desde la generación de los sesenta hasta los que fueron creciendo con la galería. Algunos de ellos mostrando sus obras por primera vez. Así durante cuarenta y dos años. Para muchos espectadores la galería Sur significó la oportunidad de acercarse al arte contemporáneo, una ventana de aire fresco en medio del adocenado arte académico.

De la importancia de su trayectoria como galerista y como editor dan cumplida cuenta los libros Poesía española del medio siglo (La isla de los ratones) en 1991 y Sur. Un escenario para la Memoria, en 1998, editado el primero por Caja Cantabria y el segundo por el Museo de Bellas Artes de Santander, en los que se evocan algunos de los momentos más significativos de ambos proyectos, sorprendiéndole al lector que no tuvo ocasión de conocerlos, la cantidad y prestigio de los creadores, tanto poetas como artistas plásticos, así como la belleza de las cuidadas ediciones. Ambos libros fueron publicados paralelamente a las exposiciones que mostraban una parte del material que conserva Arce.

Sus primeros poemas aparecen en la revista leonesa Espadaña, publicando su primer libro a los veinte años en la Imprenta de los Hermanos Bedia. Sería el primer título que saliese del histórico taller. Entre sus libros más importantes se deben citar Sonetos de vida y propia muerte (1949), Llamada (1949), Carta de paz para un hombre extranjero (1951), Sombra de un amor (1952) y Biografía de un desconocido (1954).

¿Cómo era la poesía que escribía Manuel Arce en esos años? Él mismo la comenta: “Hacía una poesía un tanto contestataria. La llamada poesía social. Que era social, pero no política exactamente. Una poesía que luego fue tan vituperada. Era una poesía que hoy llamarían “de la experiencia”. Cosa que no deja de ser una etiqueta más. Porque de la experiencia del hombre nace toda obra de arte. De la experiencia, supongo, nace todo lo que se escribe”

En todos ellos el hombre es el protagonista de su poesía en la cuál se refleja el sentimiento que le provoca la mirada que dirige a una sociedad dura y en ocasiones sin esperanza. Para el también poeta Juan Antonio González Fuentes, una poesía “en la que la esperanza y la preocupación de carácter existencial por el ser humano, como individuo y como sujeto colectivo de la historia, son los asuntos principales, siendo además tratados estos asuntos casi siempre de forma analítica y huyendo de un lirismo que podríamos calificar de subjetivo”. El amor y la soledad están presentes asimismo en su obra.

En un momento determinado deja de escribir poesía y se introduce en el ámbito de la narrativa. “Hay una primera época en la que se solapan en mí las dos cosas. Sin dejar de escribir poesía empiezo a escribir novela”, señala Arce. Como recuerda que fue Miguel Delibes, que entonces veraneaba en Suances, quien le animó a escribir: “En una ocasión quiso saber si yo había vivido aquellas fatídicas noches del Febrero del 41. Y le conté nuestra experiencia familiar. Al terminar me dijo: Manolo, tú eres un narrador nato y lo que tienes que hacer es escribir novela con este tema. Te será facilísimo. Escribí tres o cuatro capítulos. Aquello me pareció tan anodino que destruí lo escrito. Sin embargo dentro de mí había quedado algo que me impulsaba a escribir en prosa. Y me puse a trabajar en un argumento que me rondaba la imaginación desde hacía tiempo. Escribí una novela titulada Cuatro palmos de tierra. Una novela que sigue inédita en una estantería del cuarto trastero y que nunca he vuelto a leer, pero que dio motivo a que escribiera otra cosa muy distinta, Testamento en la Montaña”.

Como novelista ha publicado Testamento en la Montaña (1956), con el que obtuvo el premio Concha Espina en Torrelavega, Pintado sobre el vacío (1958), La tentación de vivir (1961), Anzuelos para la lubina (1962), Oficio de muchachos (1963) y El precio de la derrota (1970), abordando temas difíciles para aquellos años como el suicidio, la fe y las dudas religiosas, la clandestinidad y las luchas políticas, y siempre con una preocupación por los temas sociales. Alguna de sus novelas ha sido llevada al cine, como Oficio de muchachos, si bien hay que decir que con no mucho acierto: mejor leer la novela.

Para abundar más en su actividad cultural, podemos citar su presencia como miembro de los jurados de diferentes premios poéticos de nuestra comunidad (José Hierro y Alegría del Ayuntamiento de Santander, Gerardo Diego de la Consejería de Cultura, entre otros): a él se debe la creación de los premios del Consejo Social de la Universidad para estudiantes cántabros creados durante su etapa de presidente de esta institución y que darían lugar a la colección del mismo nombre. Precisamente él fue el primer presidente del Consejo Social.

Este apretado recorrido biográfico, parece que es el balance de la intensa vida literaria de un autor al que se quiere hacer un homenaje por su brillante trayectoria. Y puede dar la impresión de que la persona homenajeada esté retirada en su casa mirando al mar, en al caso de Arce mirando la bahía santanderina, y evocando melancólicamente imágenes de su pasado. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Manuel Arce cumple calendarios pero sigue mostrándose activo.

Más allá de recrearse en lo ya realizado, en los dos últimos años ha publicado dos nuevos trabajos. Por un lado, la novela El latido de la memoria, ambientada durante la guerra civil en Santander, y con la que obtuvo el premio Alarcos en Oviedo, donde reflexiona sobre el dolor, los odios y las venganzas en unas situaciones que nunca tenían que haber ocurrido.

Por otro lado, la antología Poesía del medio siglo en Cantabria: 1950-2000, un estudio de la lírica de nuestra comunidad que inicia con Gerardo Diego y llega hasta Miguel Sacristán como poeta más joven.

A estas publicaciones hay que añadir La isla de los ratones (hojas de poesía), la edición facsimilar que Visor Libros ha hecho de la revista. Un hermoso volumen de ochocientas páginas para bibliófilos y amantes de la poesía con el que se recupera la memoria de una de las aventuras editoriales más importante del siglo pasado en lengua castellana (1948-1955).

Pero el rayo creativo de Manuel Arce no cesa. Ahora está entregado en cuerpo y alma a una actividad que muchos amigos le han sugerido hace mucho tiempo basándose en dos de sus cualidades, la memoria y la antes mencionada capacidad narrativa (Manolo es de las personas que mejor saben contar historias que yo haya conocido): la redacción de sus memorias.

A partir de los cientos de cartas y fotografías que conserva y manteniendo entrevistas con algunos de los protagonistas del tiempo vivido y recuperado, está escribiendo páginas de un periodo de la cultura de Cantabria y de su propia vida, que serán muy útiles para los historiadores para conocer ese tiempo. Estoy seguro que en más de un momento se habrá emocionado, incluso alguna lágrima se le habrá escapado al surgir escenas y situaciones ya olvidadas que vuelven con toda la carga de lo intensamente vivido.

Y coincidiendo casi con su cumpleaños un verdadero regalo. La antología poética que le publica Icaria preparada por Juan Antonio González Fuentes, conocedor como pocos de su obra. Icaria, dirigida por el cántabro Jesús Ortiz Pérez del Molino, ya había editado una antología de Alejandro Gago, asimismo de González Fuentes, y el último libro de Fernando Gómez Aguilera.
La antología de Arce es una oportunidad de conocer en profundidad su obra poética, porque hasta ahora era casi inencontrable. Estoy seguro de que para más de uno será un verdadero descubrimiento.

Manolo, felicidades por las páginas de vida que sigues escribiendo.

miércoles 23 de abril de 2008

Exposición "Tránsitos". Luis Alberto Salcines


FOTOGRAFÍA Y POESÍA CAMINAN DE LA MANO CON LA ISLA DE SICILIA COMO FONDO

Coincidiendo con la celebración del Día del Libro, el grupo 4 Habitaciones inaugura el próximo miércoles, 23 de abril, la exposición “Tránsitos”, una propuesta que reúne imagen y palabra en un intento de aproximación al proceso de viajar.

Según apuntan los miembros del grupo, “Tránsitos” es un proyecto que nació hace casi ya 3 años con intención de tomar cuerpo como libro. Tras varias vicisitudes que impidieron finalmente su publicación en este formato, evolucionó hacía una muestra fotográfica.

La exposición recoge 17 imágenes realizadas por Raúl Lucio en la isla italiana de Sicilia, durante 2005, y 12 poemas escritos por Sergio Balbontín, Julio Ceballos y Daniel Guerra.

En los textos, aunque se parte de las imágenes a la hora de plantear el poema, se recogen múltiples propuestas entorno al viaje: como huida, como vacación, como forzada migración, como descubrimiento, como crecimiento personal... ¡Y muchos otros viajes! Todos los que caben en una fotografía o en un poema.

El grupo 4 Habitaciones, fundado en el año 2001, está formado por Sergio Balbontín, Julio Ceballos, Daniel Guerra y Raúl Lucio y, desde comienzos de la presente década, forman un grupo estable de trabajo en torno a la poesía y sus “alrededores”. En el año 2002 estrenaron “Todas las noches del mundo”, un espectáculo de teatro y poesía que tuvo gran acogida.

La cita para ver “Tránsitos” será en el Centro de Educación de Personas Adultas de Santander, el próximo día 23, a las siete de la tarde y contará con la presencia de los miembros del grupo que recitarán algunos de los poemas y de Luis Alberto Salcines, profesor en este centro y responsable de la programación expositiva del mismo.

FICHA DE LA EXPOSICIÓN
4 HABITACIONES: “Tránsitos”
–Fotografías de Raúl Lucio
–Poemas de Sergio Balbontín, Julio Ceballos y Daniel Guerra
Centro de Educación de Personas Adultas
Dirección:
C/ Enrique Gran, s/n (Santander)
Fechas: 23–04–2008 / 07–05–2008
Horario: de lunes a viernes, de 9:00 a 13:00 horas y de 16:00 a 21:00 horas
INAUGURACIÓN: Miércoles, 23 de abril; 19:00 horas

sábado 29 de marzo de 2008

Pedro J. de la Peña, la llama de la poesía. Luis Alberto Salcines

Poesía. Aguafuerte de Hubert Gravelot


Hace unos días se presentó en Santander el último libro de poemas de Pedro J. de la Peña La zarza de Moisés. Con él había obtenido el Premio Nacional de Poesía José Hierro en 2007.
Nacido en Reinosa en 1944, vivió allí hasta los siete años, trasladándose su familia a Valencia a esa edad. Doctor en Filología y Licenciado en Ciencias de la Información, es profesor titular de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Valencia, asistiendo a numerosos congresos internacionales e impartidas conferencias en diversas universidades españolas y extranjeras.
Tiene asimismo publicados centenares de artículos de crítica poética en periódicos y revistas culturales. Es, por tanto, un de los ejemplos de profesor o filólogo poeta que combina conocimiento y sensibilidad, rigor y emoción a la hora de escribir.
Como investigador en el ámbito de la poesía hay que destacar su Antología de la Poesía Romántica publicada en Júcar, en 1984, su estudio El feísmo modernista, publicado en Hiparión en 1989 y Las estéticas del siglo XIX en Aguaclara.
Además, tiene publicada una importante obra en narrativa: Premio Ciudad de Palma por Lobo leal, Blasco Ibáñez por El vacío, vacío en 1979, el Ateneo de Santander en 1988 por Los años del Fuego. El último premio obtenido ha sido en 2003, el Ciudad de Salamanca, por Los primeros de Filipinas
Como poeta, ha publicado siempre fuera de Cantabria, obteniendo numerosos y prestigiosos premios. Algunos de ellos son: Ausias March en 1972, Accésit del Adonais y Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana en 1980, Premio Ciudad de Valencia en 1991, Premio Ciudad de Irún en 1998, Accésit del Gil de Biedma en 1999 y, finalmente, Premio Nacional de Poesía José Hierro en 2007. Premios, por otro lado, que han publicado importantes editoriales como Hiperión, Visor y Huerga & Fierro entre otras.
Sus poemas han sido traducido a varios idiomas: francés, inglés, italiano, serbio, rumano, ruso y japonés.
He citado los libros publicados. Me imagino que tendrá más de uno que no ha llegado a ser editado por razones de autocrítica u otras variables. Todo ello alude a una verdadera vocación de escritor, a una lucha con las palabras en la búsqueda de la palabra precisa. En su poema "Cantidad de fracaso escribe": “Las cosas no las sabes hasta decir su nombre / y aunque los nombres sean más bellos que la vida / la vida es lo que existe, no el nombre de las cosas, / y aún algunas suceden sin saber pronunciarlas”.
La zarza de Moisés está dividido en tres partes precedidas de un pórtico, el poema que da título al libro: "La zarza de Moisés", que representa casi una poética, una declaración de intenciones.
"De zarzas interiores", es el título de la primera parte. Pedro García Cueto la denomina "poesía moral". Para este crítico, “el poeta inicia una aventura hacia el significado de la creación y una exploración sobre conceptos como virtud o rencor”.
En esta parte Pedro J. de la Peña reflexiona sobre el rencor (“El rencor es una lenta estalactita / que destila una gota maloliente / en un oscuro charco”), el odio y la venganza (“Porque el rencor es temeroso. / No es limpio, como el odio, / ni del color de sangre como / la venganza”), la vanidad (en "El do de pecho": “Si matarías por un aplauso débil / ¿qué no serías capaz de hacer / por una estruendosa ovación?), la avaricia y la envidia ( "La tabla de Flandes": “Recontar las monedas / no hace al avaro más feliz, / pero sí más avaro”; “En el tablero de ajedrez se juega / esa partida: quién tiene más negro / el corazón. Más pálida la envidia”), la ambición y la lucha por el poder ("Richard the tree": “En el amor al poder reside / el más lóbrego matiz de la tragedia humana”), la lucha por la vida, pecados morales de una sociedad sin escrúpulos que finalmente provocan el dolor, la falta de amor verdadero (en "Casanova fracasa en ser Don Juan": “Todas rieron, se acostaron, disfrutaron / contigo. Y ninguna te amó”), la insatisfacción. Todo al final se vuelve contra uno mismo: (“Al final, el charco ya repleto de años, / el rencor estalla como un cartucho / hirviente y le quema la cara al rencoroso”).
En el último poema de esta parte, "El vicio de la virtud", se muestra más irónico. Parece un homenaje al poema de Ángel González del perfecto funcionario en su poema "Nota necrológica".
La segunda parte se titula "De amores locos". ¿Qué amores no son locos? ¿Qué amores verdaderamente intensos en algún momento no lo han sido? En esta parte nos habla sobre el amor y el desamor. Se muestra más actual, más cotidiano al hablar sobre el amor que se persigue obstinadamente: Una vez más (o menos); el amor traicionado: "Una cucharada de amargura", "Un tranvía amarillo se pierde en lontananza"; su fugacidad y el poso que deja: "Amore mare, Crónica de amantes" (“Sólo nos queda esta tinaja pobre, / esta triste y humilde palangana / de nuestro amor vencido, / en donde humedecer los secos labios / con la memoria de pasados besos”; “El rastro que les queda de sus besos / ya no afluye a la boca temblorosa, / aunque sí su desdicha”). Por eso al final queda la soledad (“Por eso ahora, si besan otros labios, / un pensamiento acude a su ternura: sólo la soledad es verdadera”).
El maltrato a la mujer: "De género"; el amor a través de internet: "En la red" (“La edad no era importante: / Que ella tuviera ochenta / y él sólo diecisiete / ¡cómo iba a molestarles / en un beso internauta!), "Un tranvía amarillo se pierde en lontananza…." O las decepciones que se ocultan: "Una cucharada de amargura", el citado "Un tranvía amarillo…" Así como las venganzas crueles en el territorio del amor: "Imago Mortis".
También del doloroso, cruel a veces, final de nuestras vidas donde el recuerdo del amor y la impotencia se convierten en espectadores mudos: "Ella no logra decir una palabra", "Electroshock"…
Pero el amor puede surgir un día por azar, como en el poema "Las acacias de Odessa": “Desde aquel día, ha decidido / quedarse a contemplar eternamente / las tardes de verano”. Y llegar a encontrar, en medio del desvalimiento, la mujer que te devuelve las ganas de vivir y te reconcilia con el amor, con la vida: "Las verdades del loco": “A ti, que me buscaste y encontraste, / por devolverme al niño que yo fui / preparándome así para la muerte”.
En la tercera parte, "De clérigos y juglares", Pedro J. de la Peña rinde homenaje a algunos de los poetas que más le han gustado o más ha querido. Machado y su torpe aliño indumentario, Alberti (“Lo tuyo fue el mar, el viento, / las aguas de tu talento / “y sobre el viento, la vela””), Cernuda y sus seguidores (“Fuiste el padre de una camada / creciente de lobeznos”), Bécquer ( “Tu legendaria enfermedad temprana / no fue quien te mató, / sino los hilos invisibles de ese tiempo / que no te compendió”), la hospitalidad de Luis Rosales (“…y te decía: Esta es tu casa. Y era la Poesía la casa en que habitaba”), Juan Ramón Jiménez, más afectuoso y emotivo con Gil Albert y José Hierro, a quienes trató, evocándoles en su enfermedad.
En el poema dedicado a Gil Albert habla sobre el silencio que pesaba sobre su obra más grave acaso que su exilio: “No fue tu exilio tu silencio más largo / sino el aplauso de las gentes / que nunca te leyeron. / Esos que jaleaban tu nombre como emblema / de lo que no sabía ni entendían”
De José Hierro, sobre el que hizo su tesis doctoral y próximamente publicará un libro sobre su vida y su obra que está en imprenta, nos habla de su energía y de su vitalidad, de su temperamento a pesar de su dependencia de un pulmón de acero. También, como se ha dicho tantas veces de los grandes creadores, de los creadores de verdad, de su permanencia siempre entre nosotros a través de su obra: “Sabemos, por sus versos, que vive aún, / que no podrá morir nunca jamás, / que era una fuerza bruta y delicada, / una fuerza cantábrica y bravía / como el mar que él amó”
En esta parte, hay una preocupación metapoética, escribe sobre el misterio del origen de la poesía y la dificultad de la creación en poemas como "La Poesía", casi la confesión de una actitud ante la misma; "Ladrón de fuego": el poeta (“Este río de luz que viene de tan lejos / con tanta claridad: ¿cómo hacerlo visible?”. Y más adelante: “Ese es mi corazón, ésa es la tarea / única del poeta: / hacer visible la belleza invisible. / Y dormir el engañoso sueño / de haber conseguido”); Profesión personal (“Buscador de tesoros de oro negro / en los pozos insondables del sueño”), mostrándose irónico con los poetas que andan persiguiendo el éxito ("La habilidad de los monos": “Nos maravillan sus cabriolas / del trapecio a la rama y de la rama / al suelo. Y vuelta a asaltar”. Para acabar con estos versos: “A veces me pregunto / si ciertos conocidos poetas actuales / no son como los monos”
Ya lo había hecho en otras ocasiones. Por ejemplo en su poema "Escribir es un acto de soledad": “¿Y las horas felices / que he pasado contigo en esta cama / entre besos y abrazos / discutiendo de verbos y adjetivos? / ¿Y los lagos azules / las lejanas cumbres silenciosas / que he visto por tus ojos / con todo el esplendor del mediodía? / ¿Y la música quieta / que ha endulzad mis labios como miel / al medir tus acentos / y encontrar escondida una hache muda? / ¿Y el tesoro del fondo / al nombrar tus palabras lo que yo no quería / y ver en tu traición / mis únicas palabras de verdad verdaderas? / Mi soledad te debo. / Mi soledad te entrego, / Poesía”
Asimismo en "Cantidad del fracaso" cuando escribe: “La poesía es bella y es gloriosa y es triste / porque intenta imposibles con espadas marchitas, / porque vive en los símbolos remotos del objeto / y efímero es su símbolo: el borbotón del agua…/ La poesía se hunde en un agua estancada / y se eleva y convierte en emblema del aire: / vuelo fugaz del hombre cuando eleva su vista Y transforma sus labios en gigantescas alas / de palabra armoniosa: Salvación de suicidas”
Hace uso, en ocasiones, de estructuras clásicas, como el soneto: en los poemas "Imago mortis" y "Amor de amapola", combinando los poemas largos, como el dedicado a Machado, con los breves, de dos o cuatro versos.
En su poesía hay siempre un punto de humor, de ironía, así como múltiples referencias a la naturaleza: los bosques, el río, el mar… Hay árboles, plantas y flores: cedro, álamos, chopos, olmo, olivo, encinas, juncos, bambú, alcándaras, acacias, laurel, amapola, azucena, hortensias, lirios…
¿Cuál de las tres partes me gusta más?. Me lo preguntaba Pedro J. de la Peña. No estoy muy seguro, pero probablemente la tercera, en la que reflexiona sobre la poesía y rinde homenaje íntimo a grandes poetas en lengua española.
Hace casi treinta años, Pedro J. de la Peña sintió una llama que ardía y no se extinguía, como un Moisés contemporáneo. Era la de la Poesía, con mayúsculas. Después de tanto tiempo trabajando con la palabra poética, su luz le sigue deslumbrando, y ha conseguido una dicción personal, equidistante de modos y modas muy al uso de algunos “monos”, como él mismo dice, llena de hallazgos y belleza. Como afirmaba Alberto Torés García en el prólogo a Poética del fuego: “El proyecto poético de Pedro J. de la Peña iniciado en 1970 tiene hoy, tres décadas después, una respuesta irrefutable: Una voz poética reconocible e inconfundible”. Para subrayar más adelante su “permanente reivindicación de ese sólido equilibrio entre contemplación y meditación que caracteriza buena parte de su poesía”
Me decía de la Peña que probablemente le quede por escribir sólo un libro más. ¿Sabe el poeta cuándo realmente va a dejar de escribir? ¿Cuándo se apagará la zarza?
De momento nos ha entregado este hermoso libro. Un libro cuya lectura va a proporcionar a sus lectores un intenso placer. Gracias por ello, Pedro. Y enhorabuena por el merecido premio que has obtenido con él.

Bibliografía poética
Fabulación del Tiempo. Ed Hontanar. Valencia 1971.
Círculo del Amor. Premio "Ausias March". Ed. Vives Mora. Exmo. Ayuntamiento de Gandía 1972.
Ciudad del Horizonte. Accésit del "Premio Panero". Premio Valencia de Poesía 1973. Ed. Exma. Diputación de Valencia 1973.
Teatro del Sueño. Accésit del Premio "Adonais" 1979. Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana 1980. Ed. Rialp. S.A. Madrid 1980.
Ojo de Pez. Ed. Prometeo. Valencia 1981.
Pentalogía (antología personal de su obra poética). Beca del Exmo. Ayuntamiento de Valencia. Ed. Fernando Torres. Valencia.1983.
Hibernaciones. nº6. Colección "La Pluma del Águila". Valencia.1987.
Poesía Hípica. Ed. Canente. Málaga l989.
Mar y Poeta. Ed.Corona al Sur. Málaga l99l.
El Soplo de los Dioses. Premio Ciutat de Valencia l99l. Ed. Aguaclara. Alicante l992.
De(s)apariciones. Ediciones Libertarias. Madrid. 1994.
Corpus Ecológico , Premio Ciudad de Irún 1997, Fundación Kutxa de San Sebastián 1998.
Los Dioses Derrotados. Accésit del Premio "Jaime Gil de Biedma". Ed. Visor. Madrid 2.000.
Los Iconos Perfectos. Ed. Hiperión. Madrid, 2002. Premio Alfonso el Magnánimo de Poesía 2002, de la Diputación de Valencia
Poética del Fuego (Antología 1970/2001). Estudio por Alberto Torés. Ed. Huerga & Fierro. Madrid, noviembre 2002. Págs. 153, I.S.B.N M-38040- 2002. Nacional.
De árboles y bosques. Obra Social Caja Sur.Córdoba. 2006

miércoles 19 de marzo de 2008

Los juveniles ochenta años de Julio Sanz Sáiz. Luis Alberto Salcines

Torre de la Vega. Julio Sanz Sáiz


El poeta y pintor Julio Sanz Sáiz cumple este año sus primeras 80 primaveras. Cualquiera lo diría viéndole con la ilusión y la vitalidad de siempre. Con el mismo ánimo. Con el mismo entusiasmo que de costumbre. Con un montón de proyectos para sus pinceles y su pluma, para extender los colores y escribir los versos que tanto conocemos y nos gustan.
Le encuentras por la calle, tomando un café, en la presentación de un libro, en la inauguración de una exposición, y te cuenta los dibujos y acuarelas que ha pintado en su último viaje por Castilla, por Cantabria, que tan bien conoce. Las fotografías que ha hecho. El libro de sonetos que está preparando dedicados a no me acuerdo qué paisaje del alma: ¿sería un espacio natural, un amigo memoria viva suyo? ¿Sería el que va a entregar en la próxima Cena de la Poesía organizada por él desde hace tantos años?
De paso te hablará de aquel árbol singular que han derribado o talado inmisericordemente, de la pequeña iglesia románica abandonada en la que hay unas pintadas en sus muros o han dejado junto a ella restos de basura. Árbol e iglesia los habrá pintado un montón de veces, con luces y perspectivas diferentes. ¿De dónde saca Julio el tiempo para hacer tantas cosas: libros, exposiciones, conferencias más su participación en cuantas actividades le soliciten? Hace un par de meses presentaba en Torrelavega su último libro, Cancionero de Cantabria, arropado por una excepcional cantidad de público que llenaba (incluso había gente de pie) el salón de actos del Instituto Marqués de Santillana, algo verdaderamente insólito tratándose de la presentación de un libro de poemas.
Al mismo tiempo, te contará alguna anécdota desde su privilegiada memoria con su inquebrantable e inteligente sentido del humor. Con Julio siempre te ríes. Podrá estar un momento denunciando la explotación y el abandono de la naturaleza por el hombre, la insuficiente vigilancia de los poderes públicos a los espacios naturales. Hablaremos de cultura, de la falta de sensibilidad y desinterés de tantos ciudadanos ante la lectura, de su escepticismo hacia el fútbol y su consideración como fenómeno social de masas pero, finalmente, surgirá la frase ingeniosa de Julio, su gusto por el juego de palabras, por el humor surrealista.
Estoy hablando de su permanente buen humor. De su carácter alegre. No es baladí la alusión. Todos sabemos que la vida a Julio le ha tratado con especial dureza. No me refiero sólo a su vida como un trabajador, en su caso en la RCA de Reocín, que tiene que sacar adelante con sacrificio y esfuerzo a su familia, una familia numerosa en hijos y afectos, con la dedicación que eso supone. Me refiero a las dolorosas amputaciones precisamente de miembros de esa familia, de ese espacio íntimo en el que construyó su vida. Gil de Biedma decía que uno se da cuenta tarde de que la vida iba en serio. Julio Sanz Sáiz lo supo primero. Julio ha tenido que convivir con el dolor, mirar hacia delante y, sin olvidar, seguir andando el camino.
Y lo ha hecho con un optimismo reflexivo. Escribía en su poema Testamento: “Después de confesaros que aún conservo la alegría / y que aún sé pararme en medio del camino / para perder el tiempo contemplando una nube,/ para mirar a un niño jugando con el viento, / para envidiar a un perro porque ignora la prisa”. Y más adelante continuaba: “Lo escribo porque quiero repartir mi cosecha / de hermosas soledades en granadas espigas / y librarme del odio, del rencor y la envidia / para poder tumbarme a soñar bajo el cielo / sin lastres dolorosos en mis alas cansadas, / sin torpes adherencias en mis manos abiertas”
Su trayectoria literaria, artística y humana, su sentido de la amistad, su generosidad y su preocupación por el medio natural, merecen el cariño y el reconocimiento de todos. Estoy seguro que a lo largo de este año de celebración recibirá intensas muestras del afecto que le tenemos.

BIBLIOGRAFÍA
Caminos (1957), Los árboles (1971), Sonetos de la ciudad (1990), Sonetos del amor ausente (1991), Poema a Cantabria (1994), Epístolas y Elegías (1998), Cantos deportivos (2004), Ángeles rotos (2006), Cancionero de Cantabria ( 2007)

martes 11 de marzo de 2008

Olga Merino: Espuelas de papel. Luis Alberto Salcines

Fandango, grabado en madera. Shinzaburo Takeda

Olga Merino nace en Barcelona en 1965. Sus raíces familiares, sin embargo, están en Andalucía, de donde emigró su familia a Cataluña. Periodista de profesión, fue corresponsal de El Periódico de Cataluña en Moscú. Precisamente de la experiencia de sus cinco años en Rusia surgió su primera novela, Cenizas Rojas, publicada en 1999, en la que abordaba cómo se vivió el cambio social y político, la transición del régimen soviético con Gorbachov. La novela tuvo una cálida acogida por parte de la crítica. Vázquez Montalbán dijo de ella: “La mirada de Olga Merino es aterradoramente joven y aterradoramente sabia. Además, tiene una capacidad descriptiva excepcional. Es un libro cargado de talento”.
Estas breves notas que he expuesto hasta hora: barcelonesa perteneciente a una familia de emigrantes andaluces, periodista de profesión, autora de una novela en la que trataba de reflejar cómo los cambios sociales influyen en los ciudadanos y su capacidad expresiva subrayada por el creador de Pepe Carvalho, van a estar presentes en su nueva novela, Espuelas de papel.
En los años ochenta, cuando la narrativa española vivió un periodo desconocido de vitalidad y riqueza creativa con la incorporación, por un lado, de jóvenes autores, por otro, de escritores no tan jóvenes pero que comenzaron a publicar tardíamente, muchos de esos autores procedían del periodismo. Y de ellos, un importante número fueron mujeres. Algunas tuvieron más relevancia social que otras, más lectores o fueron mejor valoradas por la crítica pero daba la impresión de que tenían una forma de mirar la vida y de contarlo diferente. La tristemente desaparecida Monserrat Roig o Maruja Torres en Barcelona, Rosa Montero en Madrid, por ejemplo.
En los años siguientes ha sido cada vez más frecuente la publicación de novelas por profesionales del periodismo. Al mismo tiempo, son muchos los que consideran que cierto periodismo encierra buena literatura, es una escuela de literatura.
Olga Merino es una representante de esos nuevos autores que proceden del periodismo, que tienen que trabajar con las palabras, estrujarlas, buscar las adecuadas para contar lo que quieren, encontrar las palabras justas para que la síntesis de lo contado no olvide lo fundamental al tratar de evitar el barroquismo, utilizar los sinónimos que no provoquen la pérdida de la expresividad, tratar de seducir al lector para mantener su atención... Y al mismo tiempo, si es posible, jugar con la belleza de las palabras.
De todos estos rasgos y algunos más que caracterizan la práctica periodística podemos ver muestras en Espuelas de papel, la novela de Olga Merino.
La novela nos relata los problemas de una familia de emigrantes de un pueblo sevillano, Puebla de Acebuche en la ficción, para abrirse camino en la Barcelona de finales de la década de los cincuenta. El padre viudo con dos hijas primero para, una vez instalado, recibir al resto de los hijos. Pero la protagonista real es la hija mayor, hija de una madre paridora (siete hijos) y un padre derrotado, que con su inocencia a cuestas y el peso de la memoria trata de abrirse camino en la gran ciudad, primero como asistenta de una viuda y dos hijas que viven de oscuros negocios que proceden de los años de la guerra y, después, en una empresa textil.
Son los años de la emigración. Algunos más decididos se van a Alemania o a Bélgica. “Allí se ganan duros a manos llenas” le dicen al padre de Juana, la protagonista. Pero otros se van a Madrid o a Barcelona. Y les reciben con el tópico como saludo: “Los andaluces son vagos”. Olga Merino a modo de prólogo reproduce el poema de José Hierro Los andaluces de su Libro de las Alucinaciones: “Ojú, qué frío”. “Parecían hechos de indiferencia, pobreza, latigazo... Ojú qué frío”. “Las cosas son como son, como siempre han sido, como han de ser mañana...Ojú qué frío. Los andaluces”.
Gil de Biedma los recuerda en su poema Barcelona ja no es bona o mi paseo solitario en primavera o en el poema Noche triste de octubre, 1959. Son los charnegos, que trataban de resistir contra el frío, el hambre, el dolor de la derrota, compartiendo habitaciones en pensiones húmedas y tristes. Había que resistir. Chachachica, la que hace las funciones de abuela de la familia, se lo dice a Juana: “No hay que tener miedo de nada, Juana, ni de la misma muerte. Cuesta arriba van todos los caminos, y esta vida es tirar hacia delante sin mirar atrás, siempre hacia delante, siempre, aunque tengas que picar el vientre del caballo con espuelas de papel”. Y si resisten...”Si aguantáis un año en Cataluña, mirad qué os digo, sólo un año, aunque os cueste, no querréis volver al sur, palabra. No se añora el pan duro. Habréis de acordaros de lo que os digo” le dicen al padre de Juana.
¿Quiénes son hoy los hijos de aquellos primeros emigrantes?. ¿A quiénes votan?. “Esa primera hornada de emigrantes” dice Olga Merino, no han renegado nunca de Cataluña, a pesar de lo mal que lo pasaron. Ahora muchos de sus nietos votan a Ezquerra Republicana”
La novela va alternando los capítulos que describen la lucha por la vida en Barcelona y los años en el pueblo. Es en estos donde aborda los el tema de la guerra civil, mezclando sucesos reales con nombres propios ( la figura del cruel capitán Díaz Criado, de barco-prisión en el Guadalquivir, capítulos de la represión franquista ) con otros que corresponden a la memoria popular y nombres ficticios.
Detrás de la narración de estos hechos se nota una importante labor de documentación. “He currado mucho este libro”, afirma, “he leído, he estudiado, he escuchado, porque yo no viví esa época”. “Para escribir una novela me paso varios años, es preciso reunir los materiales, leer muchos libros, recoger datos de viva voz, cuidar mucho el lenguaje de los personajes; hay que encararse con respeto con la literatura, se escribe mucha bazofia”.
Olga Merino ha utilizado notas manuscritas de su abuelo, historias que le contaba de pueblo andaluz, ha escuchado mucho, leído, para luego ficcionarlo. Niños descalzos, cabezas rapadas contra los piojos, hambre, tristeza, derrota, resignación, muerte, ...
Abundan en el libro las reiteraciones, como si fuesen alusión al peso de la memoria y marcando a la vez un ritmos: las respuestas de Chachachica a Juana sobre qué era la muerte, el mar, de si su padre era un cobarde; cuando este se repetía que el campo era para los lobos...
Especial importancia tiene en esta novela el lenguaje, muy cuidado y muy rico. Muy preciso en la descripción de detalles. Combinando el coloquialismo con las frases de construcción más elaborada. Un lenguaje muy sensorial en el que la descripción de olores (sobretodo relacionados con las flores, con la naturaleza) y sonidos contribuye a situar al lector en los ámbitos que describe, sobre todo cuando se refiere a su pueblo andaluz. “He procurado recrear el lenguaje de mis familiares, oriundos de Osuna, de las faenas agrícolas que se van perdiendo. Me fascina el lenguaje. Además he tenido la suerte de que mi familia provenga de un medio rural. Desde pequeña he escuchado muchas palabras que ahora se están perdiendo. Me viene a la cabeza que, cuando era pequeña, a los diez años o así, pedí que los Reyes Magos me trajeran un diccionario”, comenta Olga Merino.
Olga Merino, como dije, nació en 1965. Creció con la generación del 68. Sin embargo siempre le interesó el tema de la posguerra española. Más casos se están dando de autores que desde su juventud, sin haber vivido directamente la guerra civil tratan de reflexionar sobre ella quizás con la distancia prudente que da el no haberla vivido. Escribe Olga Merino: “Siempre me ha interesado el mundo de la guerra civil y la posguerra. Y quien me hizo ver la luz del porqué fue Javier Cercas en una entrevista. Me dijo que nuestra generación es la primera que puede ver la guerra civil y la posguerra con una perspectiva neutral, incluso como un western, y que a nosotros nos tocaba contarlas con menos implicaciones emotivas”.
De este modo, Olga Merino aborda el tema de la posguerra coincidiendo en un territorio en el que había incidido otros autores de generaciones precedentes como Juan Marsé, Eduardo Mendoza o Vázquez Montalbán: Barcelona.
Novela triste, novela de perdedores sin esperanza, de amores imposibles, de personajes sin escrúpulos morales en una picaresca de supervivencia junto a otros empapados de inocencia y pureza de ideales desde la derrota.
Novela, también, que nos provoca una mirada alrededor y nos hace reflexionar acerca de las otras inmigraciones, las de ahora mismo, las de aquellos que quieren vivir con nosotros aquí y ahora.
Y novela, en fin, para leen despacio, disfrutando de la calidad de cada párrafo, a pesar de la facilidad con que Olga Merino nos conduce a través de las páginas de Espuelas de papel, título, por cierto, deudor de un fandango de Pepe Marchena: el flamenco es otra de las presencias en la novela.

miércoles 5 de marzo de 2008

Gema Soldevilla realiza un monumento a José Hierro. Luis Alberto Salcines


La escultora Gema Soldevilla (Santander, 1950) ocupa un lugar destacado en el panorama artístico de Cantabria. Pese a no prodigarse mucho en muestras individuales, ha participado en numerosas colectivas. Es, por otra parte, una de las artistas con más obras en espacios públicos. Suyos son el homenaje a los bolos, en el Parque Mesones del Sardinero, y el dedicado a los pescadores, en San Vicente de la Barquera. Proximamente se inaugurará un monumento en acero cortén dedicado a José Hierro en el entorno de la bahía santanderina. Fumadora impenitente, amante de la música (canta en la Coral Salvé y en Conciertus Musicus) y del teatro (ha representado diversas obras durante sus años en Madrid), de la conversación despaciosa y de la noche, ha sabido encontrar la belleza entre la fuerza expresiva de los materiales que utiliza y la sugerencia de las formas.
Desde siempre le gustó la escultura, “Incluso los bocetos que hago los realizo en materia, con cera o pasta cerámica”. Y la ha realizado con diferentes materiales: piedra, bronce, madera. “Hay materiales”, explica, “que funcionan mejor con un tipo de escultura que con otro. Pienso también en la ubicación. Por ejemplo, una madera colocada a la intemperie no sería una buena elección. Y por qué no decirlo: tengo en cuenta también el factor económico. En piedra he trabajado muy poco. Lo que más he hecho ha sido en bronce y madera. La elección que hago del tipo de madera está en función de la obra que tengo que hacer. He trabajado con caoba, pino, nogal, cedro, boj, esta última para cosas pequeñas, es muy densa y no tiene vetas”.
Muchas de sus obras presentan una superficie pulida, sensual. “En ocasiones tiene una importancia capital, como cuando trabajaba obras en piedra. Eran rotundas, compuestas por planos amplios, curvos o no, a los que el pulido de la superficie prestaba una morbidez y una vibración seductoras. Cuando posteriormente comencé a adelgazar las formas, a “estirarlas”, me interesó más un tipo de textura abrupta, de superficies rotas e irregulares que potencian la fuerza expresiva y provocan un efecto bien distinto al que produce la plácida contemplación de una superficie sinuosa, tersa y brillante. Sí, la textura es como la piel, es lo inmediato. Podría decirse que es la voz soprano. En el periodo de la figuración de la mujer le di una importancia muy grande al acabado pulido, sensual. En otros momentos he dejado las superficies más rotas”.
En un periodo de su trayectoria podía apreciarse en sus piezas una referencia figurativa más o menos explícita o evidente. Para Gema Soldevilla “En el transcurso de mi trabajo se produce un proceso de ida y vuelta, por decirlo así. Partiendo del figurativo y a la búsqueda de lo esencial de este lenguaje voy prescindiendo cada vez más de elementos referenciales hasta encontrarme con la pura geometría. Es en ese momento donde se produce una especie de crisis, casi diría, un estado de ansiedad, de asfixia. ¿Qué hacer con esos fríos volúmenes geométricos?. Casi sin saber cómo, esos cubos, esos pilares rígidos comienzan a hincharse, a abrirse por sus aristas como si no pudieran contener la realidad interna que niega la impoluta rectitud de su contienente. Es entonces cuando utilizo las ataduras, las aristas cosidas. Es el momento en que me encuentro más alejada del lenguaje figurativo y es también el punto de retorno. A partir de entonces se produce una especie de “fisiologización” de esas formas rígidas que ahora se doblan, se sientan, se abren desmintiendo la fortaleza que se supone al material de que están hechas. Regreso a la figuración pero lo hago por un camino formal muy distinto”.
En esa figuración a la que alude la mujer ha tenido un gran protagonismo, “Pero no siempre ha sido así, aunque es cierto en una mayoría de casos”, afirma. “ No lo sé por qué. No lo hago de una forma preconcebida. Tal vez haya un punto reivindicativo en la elección pero no consciente. A la hora de realizar las obras me atraían los planos curvos como planos ecultóricos, menos angulares que los de los hombres. Me gustaba la sensualidad de las curvas”.
Puede decirse que expone poco pese a su larga trayectoria artística. Su última muestra individual fue en Fernando Silió en 1994. “Trabajo a impulsos. Cuando recibo el encargo de un proyecto concreto es una motivación muy importante, un gran estímulo. Pero en el estudio tengo bocetos acabados e inacabados que con el tiempo quizás vuelva a considerar.
De todos modos, en ocasiones le surge el esceptisimo. Por ejemplo cuando dice: “Ahora pienso que no voy a exponer. Es jugarse una fortuna por lo que supone de gasto de material, que no es nada barato. Es mucho dinero lo que supone un proyecto de exposición. Para ser escultor hay que ser millonario me decía mi galerista. Por eso trabajo con propuestas concretas que me encargan. De todos modos, ha habido momentos que me he replanteado el hecho de hacer escultura por un cierto cansancio sicológico. Te replanteas todo lo que haces cuando tienes una serie de ideas y no las puedes llevar a cabo. Luego, es cierto, viene alguien que te anima o te pide algo y vuelves a empezar”.
Una de esas motivaciones ha sido el encargo del monumento dedicado a José Hierro. “Es curioso, siempre me interesó la imagen tan rotunda de su cabeza. Siempre supe que iba a hacer una cabeza de Hierro porque era sumamente interesante. Una vez hablé con Pablo Beltrán de Heredia de la posibilidad de hacer un monumento y ahí lo dejé. Pero me quedó la idea. Su imagen física es tan poderosa, tan escultórica que resulta imposible sustraerse a la hora de dedicarle una escultura”.
La escultura dedicada a José Hiero está formada por siete paneles de acero cortén de dos metros de alto apoyados en el suelo y dispuestos paralelamente, sobre los que ha recortada la silueta, la cabeza del poeta, a diferentes niveles, de manera que al mirarla de frente produce una sensación de profundidad, de tercera dimensión. Y a través de ella, al fondo, la mirada del espectador se encontrará con el mar.
A la hora de realizar sus esculturas en espacios públicos, tiene muy encuenta el lugar en el que va a ser colocada. Si puede lo elije ella misma. “Por lo general te dan ya el sitio y tu luego lo tienes en cuenta a la hora de la realización. En algunos casos, una vez realizado, te piden opinión del lugar concreto. En el caso del homenaje a José Hierro he sugerido el sitio, próximo a Puerto Chico, y lo han tenido en cuenta”
Dada su pasión por la música y después de la experiencia del homenaje a José Hierro se podría pensar en otro posible homenaje a Ataulfo Argenta. A la hora de la realización, dice, “Tendría en cuenta dos imágenes, brillo y fuerza”.
En pocos días tendremos ocasión de ve la interpretación que Gema Sodevilla ha hecho de la rotunda personalidad del poeta José Hierro.



Algunas exposiciones individuales:


1979 Círculo de Bellas Artes. Madrid
1983 Museo de Bellas Artes. Santander
1985 Galería Jean Camión. París
1985 Fundación Botín. Santander
1986 Galería de arte San Marco. Roma
1987 María Banchard. Santander
1992 San Román de Escalante. 41 Festival Internacional de Santander
1992 Galería Levy. Hamburgo
1994 Fernando Silió. Santander

viernes 29 de febrero de 2008

Antonio Montesino, miembro del claustro honorario de profesores del colegio José Luis Hidalgo. Luis Alberto Salcines


Nace en Torrelavega en 1951. Estudia el Bachiller en el Instituto Marqués de Santillana. Según León Felipe, uno es de donde hizo el Bachiller, por tanto Antonio Montesino es y se siente de Torrelavega, ciudad en la que están los paisajes sentimentales de su memoria. Por ejemplo estará probablemente el sonido de los bolos que ascendía desde la bolera Mallavia de La Llama hasta su casa. Escribe en uno de sus poemas:


CONVERTIDO
en palabras
eres
(paisaje
de mi infancia)
parte
abolida
de tu ausencia
que en mí
reposa.
Y sus amigos recordados.


A TI
compañero
de los juegos,
quiero
confiarte
el secreto recorrido
de la sangre.
El azote
de la memoria
consumida
por el recuerdo.


Y entre esos amigos José Ángel Crespo, inolvidable por sus afectos, por su bagaje cultural y por su humildad, con quien tanto habló y a quiente tanto quiso Antonio y todos los que compartimos aquel tiempo de sueños pese a los nubarrones amenazantes.
Precisamente José Ángel Crespo en su poemario Calle del teatro evoca ese escenario torrelaveguense de finales de la década de los sesenta en el que se desenvolvió la adolescencia de varias generaciones.


No es Charleville esta ciudad huraña
en donde siempre llueve, llueve, llueve;
esta triste ciudad desconfiada
que erigieron piadosos comerciantes
y astutos campesinos.
Estos prados no son
aquellos, ni los bosques
de eucaliptus más allá del valle,
ni la niebla que en días de agosto
todo lo muestra como dentro de un sueño.
No es Charleville, pero hay
escuelas frías y barrios desconocidos
donde los niños descubren de pronto
la hipocresía de los maestros,
el vencimiento de los padres
en sus mejores años,
la exaltación de los lugares solitarios,
la fuerza del verano y el tedio de las iglesias.
Y acechan oscuras y enigmáticas
las sombras de bandoleros malheridos
refugiados en una casa abandonada,
a cincuenta metros de la tapia de la escuela ...

Y en su poema Luz de Febrero:

Era la luz, entre la bruma, de febrero. Las mañanas
en que te despertabas anhelante.
No las razones en que creíste
durante algún tiempo, demasiado claras
para ser verdaderas.
Era el camino a la ciudad, el aire.
Las miradas felices de quienes más amabas.
Diecisiete años. Has pensado luego
que odiaste la ciudad
aquella, el instituto, el invierno. Has creído
que fuiste desdichado, que la juventud era
el tiempo más cruel.
Pero aquellas mañanas, entre una clase y otra,
el bulevar vacío a aquellas horas,
el viento sur, la lluvia,
transportaba tu cuerpo
a una fiebre o una luz
que te emociona aún hoy.
Tan fuerte como entonces no sé si has vuelto a ser:
cuando todo era dado.
Dueño del mundo, sin remordimientos,
alegre de vivir,
enamorado por primera vez.
Y encontrabais con qué facilidad
los lugares mejores para hablar durante horas,
para sentir pasar la eternidad,
conocer el presente
y para acariciaros.




Creció en un ambiente familiar en el que su padre Joaquín ejerció un magisterio intelectual excepcional e infrecuente en aquellos años. Rodeado de una inmensa biblioteca que no era sólo un paisaje familiar y decorativo, sino que, lector omnívoro, le sirvió para conocer y profundizar en la literatura universal y el mundo del pensamiento.
Al mismo tiempo, fue descubriendo el arte de la fotografía. Otro conocimiento heredado de su padre y de su tío, profesional a tiempo parcial en el campo de la imagen.
Sus primeros trabajos los realiza en el ámbito de la antropología. El conocimiento que tenía de nuestra región, viajando por ella y hablando con sus gentes, le permite aproximarse a sus costumbres, sus ritos y celebraciones, recuperando tradiciones que permanecían en la memoria de los mayores de nuestros pueblos y estaban a punto de perderse.
No se trataba sólo de un trabajo de campo, de recogida de material para un museo en el que se contemplan las piezas como curiosidades o de fijar en el papel la memoria de un tiempo que agoniza, sino también de interpretarlo y contextualizarlo. Repensar la historia.
Como resultado de su investigación ha escrito numerosos artículos y participado en diversos congresos y seminarios. Algunos libros de esta actividad son: Fiestas populares en Cantabria (1984), Literatura satírico-burlesca del carnaval santanderino (1986), Las marzas. Rituales de identidad y sociabilidad masculinas. Una mirada antropológica sobre las rondas invernales de Cantabria (1992), Los pasiegos. Religiosidad y violencia (2001)...
Otro de sus espacios de creación es la poesía. Le recuerdo en los años setenta en mi casa por las tardes escribiendo apasionadamente a máquina sus poemas y leyéndomelos.
Como poeta discursivo su primer libro publicado fue Ulises el navegante, en 1997. Después vendrían, entre otros títulos: Ulises el navegante.1966-1992, vol 1 (1997). Palabras de ámbar, 1966-1992, vol. 2 (1997), La sombra herida 1966-1992, vol 3. (1997)), La memoria de Eros, 1966-1992, vol 4 (1998), La lengua incandescente, 1993-2001 (2000), Noches de humo y fuego en Bagdag (2003), El viento de la tierra. Fragmentos de un tránsito (2004), Shoá. Inventario de lo irreparable (2005), Cuaderno del orfebre. 80 haikus y 6 haigas (2007).
En cuanto a la poesía visual, además de la edición de carpetas y obra gráfica, hay que citar sus libros, Espacios y silencios. 1968-2005 (2005), antología de la escrita durante los años señalados, (Re)presentaciones, 1968-2001 (2002), El bosque de los ausentes (2005), Phantastiké (100 poemas visuales) (2009) , Haigas (2008)...
En este campo creativo ha impartido talleres cuyos resultados han sido publicados y expuestos. Ahora mismo en la sala de exposiciones de la Universidad de Cantabria. Incluso ha realizado experiencias en contextos fuera de los circuitos culturales habituales como el taller que ha desarrollado en el penal de El Dueso con los reclusos.
En el año 1992 funda la Editorial Límite en la que aparecerían, entre otros títulos, la novela de Gloria Ruiz Translúcida de luna o el poemario de Javier Elorrieta Del tiempo y el Retorno. Poco después vendría la creación, en 1996, de la revista La Ortiga. “La Ortiga”, escribe Antonio Montesino, “representa un proyecto cultural alternativo e independiente, caracterizado por la calidad estética de su formato editorial y por su posicionamiento en favor del pensamiento y de la creación críticos”. Más adelante afirma: “De ahí, el permanente esmero de la revista por la selección de textos de interés literario y analítico duradero, capaces de suministrar a los lectores, no sólo el placer estético de la lectura, sino también un acerbo constituyente de conocimientos sólidos y una comprensión crítica del mundo que les permita ser unos sujetos-ciudadanos más reflexivos, ilustrados, libres, autónomos, responsables y solidarios”.
Suyo es el diseño primoroso de la revista. En sus páginas ha habido artículos de ensayistas universales y poemas de Antonio Gamoneda, Martínez Sarrión, Jorge Riechman, Olvido García Valdés, José Luis Puerto, F. Quiñónes, J.A. Valente, Joan Brossa, A. Crespo, Dickinson, Keats, J. Merril, B. Pasternak, A. Ajmátova, M. Tsvietaieva. O Mandelstam, Hölderlin, Filke, R. Walser,.. y traducciones de Reina Palazón, Miguel Saenz; Jesús Pardo, José María Valverde, Miguel Casado, M. Arisa, P. Villadengos, Dámaso López, Lorenzo Oliván... Dedicando monográficos a autores como Luis Cernuda, Jorge Luis Borges, Clèment Rosset, Kafka, Jorge G. Aranguren...
La revista ha propiciado colecciones paralelas como Los libros del Laberinto, Memorias de la Lengua, Cuadernos de poesía, Los libros de La Ortiga y Los pliegos de La Ortiga entre otras, en las que han aparecido títulos de poetas de Cantabria como Guillermo López Gallego, Xesús Vázquez y Ramón Maruri; poetas nacionales como Jordi Doce y Leopoldo María Panero; y poetas universales como Primo Levi, Hannah Arendt, Ana Ajmatova y W. G. Sebald.
Es precisamente con el sello editorial de La Ortiga con el que Montesino publica un número monográfico dedicado a José Luis Hidalgo en 1997 en el que recopila una serie de textos sobre el poeta de Los muertos escritos para ese número especial. Hay artículos de Juan Antonio González Fuentes, Guillermo Balbona, Rafael Pérez Llano, Javier Díaz, Ángel Sopeña, Fidel de Mier, Lorenzo Oliván, Julio Maruri, Miguel Ibáñez, José Ángel Crespo, todos ellos poetas de Cantabria. Se incluían también artículos recuperados de otros autores como Carlos Bousoño o Vicente Aleixandre.
Y en la colección poética reedita Los animales ese mismo año, con prólogo de José Ángel Crespo. A su presentación en el Ayuntamiento de Torrelavega acudió José Hierro. Tarde, pero luego se quedó tomando unos vinos en El Mundial en una improvisada tertulia, de las mejores que tuve el privilegio de compartir con él.
No debemos olvidar la amplia actividad que despliega Antonio Montesino como director y coordinador de ciclos de conferencias y debates sobre temas literarios y sociales a través del Foro Cívico que él mismo crea, organizados con la colaboración de Caja Cantabria y que en sus ya siete ediciones han hecho posible la presencia en Cantabria de grandes intelectuales españoles: Fernando Savater, Castilla del Pino, Mikel Azurmendi, Luis Fernández Galiano, Salvador Giner y tantos otros. En esos encuentros se ha discutido sobre modelos de urbanismo y sociedad, de participación ciudadana, de convivencia y tolerancia, de vida, en fin.
Hay que destacar asimismo sus actividades en colaboración con el Aula de Letras de la Universidad de Cantabria siendo su director Ramón Maruri. Por ejemplo, los talleres de poesía visual mencionados anteriormente. Al ser nombrado Ramón Maruri coodinador de las Aulas de la Universidad, Antonio Montesino ha sido nombrado director del Aula de Letras.
A su inquieta actividad hay que sumarle su afición a la gastronomía. Desde hace un par de años compatibiliza la poesía y el ensayo con el arte de los pucheros y las sartenes. En Fresno, Reinosa, los fines de semana, le podemos ver en la cocina de su restaurante preparando exquisitos platos.
Exahustivo, apasionado, vitalista, polemista, crítico, irónico, con un gran sentido del humor...
Antonio, enhorabuena por este nombramiento que se suma a la ya larga nómina de personalidades que sintieron la emoción de la poesía de José Luis Hidalgo, contribuyendo a extenderla a más lectores y que ya forman parte del Claustro Honorario de Profesores del colegio al que da nombre.

martes 29 de enero de 2008

Haz de poemas dedicado a los perros. Luis Alberto Salcines


Son muchos los pretextos para preparar una antología de poesía. Las hay de una determinada corriente poética, de una generación, de un territorio geográfico o cultural, de las más variadas temáticas....
Hace unos días he recibido una muy singular, Vida de perros. Editada en Logroño, reúne una selección de poemas de un amplio espectro de autores que han dedicado un poema al considerado como el mejor amigo del hombre.
La edición es de Diego Marín, quien ha escrito también el prólogo, en el que hace un repaso del perro en la literatura, y colaboran Ediciones Buscarini, Perla Ediciones, Ediciones 4 de Agosto, más la Fundación Cultural Caja Rioja, el Ayuntamiento de Logroño y el Gobierno de La Rioja. Los beneficios obtenidos por la venta del libro estarán destinados a la Asociación Protectora de Animales de La Rioja, que firma la Introducción al poemario y en la que trata de despertar la sensibilidad ante el abandono y el maltrato de los perros. Algo innecesario creo yo para los que lean el libro, con un actitud previa ya favorable.
Cada autor elegido está representado con un poema. De algunos se indica a qué libro pertenecen, pero no de todos. Y sí consta, abajo de la página correspondiente, la bibliografía del poeta.
Hay poemas de Antonio Gala, Francisco Brines, José Saramago, Leopoldo María Panero, Jorge Riechman, Andrés Neuman, Juan Carlos Suñén, Luis Antonio de Villena, José Corredor Matheos, Jesús Munarriz, Antonio Colinas, José Ángel Cilleruelo, José Luis Puerto, Andrés Trapiello, Carlos Marzal, Juan Antonio González Iglesias... En total, 125 poetas, incluyendo el epílogo de Marta Sanz, una prosa. Entre ellos, cuatro poetas de Cantabria. Rafael Fombellida con su poema Cave Canem (curiosamente Ángel Sopeña tiene otro poema de igual título), Vicente Gutiérrez con Los perros de Bucarest, perteneciente a Poemas del Banato, escrito en Timisoara en 2004 (por cierto, el poema más largo del libro: tres páginas), Regino Mateo con Canción de cuna para una perra vieja, dedicado a su Lola, con la que tantas veces le vimos pasear de noche por el entorno de Cañadío, y Alberto Santamaría con Me reencarnaré en mi perro Descartes.
El tono elegíaco, el canto a su fidelidad, a su compañía; el recuerdo de su presencia, de sus juegos, de sus afectos; la denuncia de su abandono, aparecen tratados en sonetos, haikus y prosas poéticas, con la diversidad estilística propia de cada poeta en las páginas de Vida de perros. Hay incluso algún guiño metapoético. Por ejemplo los versos de José Fernández de la Sota:


La poesía no es un perro
desnudo
es decir, un capricho,
un adorno.
Es un perro
que ladra. Es un perro
que duerme. Es un perro
que muerde.....


Un libro, en definitiva, que habla de sentimientos y emociones, de amistad a través de los Poemas perrunos (subtítulo) recopilados.
Cuando acabé de leer el libro, pensé que casi con toda seguridad Antonio Montesino dedicaría algún poema a su bóxer Cid en sus años de Torrelavega, Gloria Ruiz a su perruca Azorka y Juan Antonio González Fuentes a su Miller. Me resulta muy difícil pensar en un poeta que habiendo tenido perro no hubiera escrito más de un poema a su lealtad, a su compañía, confidentes en diálogos imposibles con palabras pero sí con gestos, miradas, lamidos, durante paseos y silencios.
Una consideración final. Hubiera sido deseable que los poemas apareciesen ordenados alfabética o cronológicamente por sus autores. El lector tiene que buscar en el índice final uno por uno para encontrar el deseado.

martes 22 de enero de 2008

Una jornada particular. Luis Alberto Salcines


Hace unos días estuve en León. Cada vez que voy suelo realizar una serie de recorridos que se han convertido ya en costumbre. Por ejemplo, acercarme al MUSAC. En esta ocasión se mostraba una selección de los fondos del propio museo. Nombres importantes representativos del panorama internacional del arte en sus diversos lenguajes creativos.
Me gusta también entrar en la librería Pastor de la plaza Santo Domingo, junto a la gran escultura de Amancio, ahora retirada al ser atropellada por un vehículo. Siempre salgo con algún libro. A continuación subo hacia la calle Ancha y entro en la Casa Botines de Gaudí. Suele haber buenas exposiciones. Recuerdo del año pasado una del escultor e imaginero santoñés Víctor de los Ríos que me descubrió muchos aspectos que ignoraba de su vida y de su obra. Luego continúo hasta la catedral. Junto a la cafetería Victoria siempre hay un acordeonista albino que pone música al paseo. Su fidelidad a ese rincón me recuerda a la del guitarrista santanderino que se sienta en una silla en la calle Burgos al lado de la librería Estvdio interpretando a Albéniz.
Al llegar a la catedral una norma de obligado cumplimiento es entrar y recorrer sus naves. “Las catedrales son lugares fantásticos para pensar en la historia de la Humanidad”, dice Julio Llamazares. En concreto de la de su ciudad dice que “es la que más me gusta, por su pureza, por su limpieza -sin casas adyacentes-y porque soy de allí.” Me gusta hacerlo especialmente los días fuera del calendario vacacional, cuando apenas hay gente. Sobre todo al atardecer.
En esta ocasión la catedral me deparó una sorpresa. La posibilidad de acceder a su interior y ver de cerca el proceso de restauración de las vidrieras y de la piedra del presbiterio. Bajo el lema El sueño de la luz, la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León, el Cabildo de la Catedral y Caja España, han fijado un programa de rehabilitación y, al mismo tiempo, han ofrecido la posibilidad de que el visitante pueda ver los trabajos que se están realizando explicados por quienes los llevan a cabo.
Desde una plataforma situada en el interior de la iglesia, el visitante recibe la exahustiva información de los técnicos de la restauración, quienes explican las características de las vidrieras, su deterioro y el proceso de recuperación. Y todo ello estando junto a ellas.
El día que yo estuve estaba nublado. Contra todo pronóstico, la guía nos dijo que, según los expertos, era la mejor luz para ver las vidrieras. Cuando acabó su explicación nos dejó un rato para que viésemos un pequeño documental y un panel con todas la vidrieras de la catedral. Era la una del mediodía. La catedral se había quedado vacía. El grupo de visitantes era pequeño y poco a poco fue saliendo. El silencio, la matizada luz gris, la visión de las naves desde la plataforma a la altura del coro que nunca existió, me produjeron una emoción inexplicable muy intensa. Me acordé de lo que nos contó Leticia de cuando estuvo en el monasterio vallisoletano de Santa Clara, en Tordesillas, estas Navidades: estuve a punto de echarme a llorar, nos dijo. Yo creo que el sentimiento casi místico que tuve en la catedral de León fue parecido al suyo.
Otro de mis hábitos es ir a la plaza San Martín a comer una tapa de morcilla leonesa en la Bicha, al Rebote, donde dan unas croquetas exquisitas, o al Besugo a por un poco de cecina, con un bierzo.
Todo este recorrido de una jornada particular era para ofrecer una serie de pretextos para acudir a León. Especialmente para aprovechar la circunstancia de ver su catedral desde otra perspectiva. Es una experiencia inolvidable.
Quiero acabar con la palabra de Unamuno: “La catedral de León se abarca de una sola mirada y se la comprende al punto. Es de una suprema sencillez y, por lo tanto, de una suprema elegancia. Podria decirse que en ella se ha resuelto el problema arquitectónico, a la vez de ingenieria y de arte, de cubrir el mayor espacio con la menor cantidad de piedra. De donde su aérea ligereza y aquellos grandes ventanales, cubiertos de vidrieras con figuraciones policromas, donde la luz se abigarra y se alegra en tan diversos colores”.

jueves 17 de enero de 2008

En el Museo de Bellas Artes de Santander. ¿Sin límites? Una propuesta de miradas transversales. Luis Alberto Salcines


En el año 2003, el Museo de Bellas Artes de Santander presentó bajo el título ¿SIN LIMITES? las nuevas obras adquiridas hasta ese momento junto a los fondos ya conocidos. Se incluían asimismo obras cedidas por la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte. La sorpresa para el espectador fue la disposición de las piezas, el atrevido diálogo entre épocas, generaciones, estilos…
Se trataba de sustituir el acostumbrado criterio cronológico a la hora de ordenar las obras por el más arriesgado de la transversalidad. Enfrentar un Anónimo flamenco, por ejemplo, con un lienzo de Antonio Quirós, una escultura de Cristino Mallo con una fotografía de Gabriele Basilico.
Explicaba Salvador Carretero en el catálogo del museo: “En realidad vienen a funcionar como nuevos ambientes, con lecturas cruzadas y transversales o, si se prefiere, ámbitos que trabajan como pequeñas instalaciones, logrando otra instalación ya general, o intervenciones diversificadas y especialmente cruzadas, rompiendo con el tradicional montaje cronológico”. Más adelante añade: “Es interesante comprobar cómo obras de distintas cronologías, escuelas, artistas, talentos, lenguajes, formatos, soportes y rincones, pueden convivir y hasta dialogar, de análoga forma a como dialogan y conviven obras de tantas cronologías, escuelas y conceptos diferentes en cualquier catedral, lo que siempre convierte a ésta –a pesar de todas esas obvias y siempre presentes “dislocaciones” o “anacronismos”- en un soberbio disfrute y goce estético, histórico y artístico en un mismo espacio, y a nadie extraña. En el fututo esperamos ofrecer otros muchos. Al final, el diálogo lo propone y ofrece el hombre. La fusión ordenada e intencionada de elementos de órdenes distintos, anima la facultad de obtener de esta forma diferentes registros, otros colores, otras lecturas, otras sensaciones…”.
El visitante del museo, ante la nueva disposición de las obras, siente una confusión inicial, acostumbrado al recorrido histórico, lineal que le permitía ver la evolución de los estilos artísticos a través del tiempo. El nuevo montaje le obliga a una nueva mirada, a relacionar las obras de una manera distinta. Es una propuesta contra la costumbre, contra los criterios convencionales que establecían mecánicamente analogías y afinidades según los ritmos del calendario de la historia. Pero poco a poco va entrando en el juego que se le propone aunque le suponga un esfuerzo. ¿Por qué no p