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domingo 6 de julio de 2008

Vocación contemplativa. Miguel Ibáñez

La Villa de Pope en Twickenham. Joseph Mallord William Turner

Se queda absorto viendo pasar las nubes, tumbado en la hierba, hasta que siente en la cara el viento cálido del verano, y sólo entonces recuerda cuál es la primera misión del poeta: quedarse absorto viendo pasar las nubes, tumbado en la hierba, y dejar de pensar en que tendría que levantarse a escribir algo.

viernes 4 de julio de 2008

Las brañas. Miguel Ibáñez



A finales de agosto,
cuando ya el sol brillaba
con mortecina luz
de tarde de colegio,
tu abuelo te llevaba a visitar
los pastos de montaña.
En las laderas altas, los caballos
vagaban y pastaban
con manso y filosófico sosiego.
El abuelo sacaba del bolsillo
algún terrón de azúcar, y en tu mano
lo devoraba un potro, que después
volvía a la yeguada con un leve
trote parsimonioso, como quien
lo suyo se ha cobrado por derecho.
Después, antes de irte,
le echabas una última mirada
a aquel paisaje áspero y pardusco,
a la monotonía sólo rota
por alguna cabaña
y por los solitarios matorrales
de brezos y retama,
y volvías al valle y a tu hogar
con aquella impresión en la memoria
de silencio, de calma y lejanía.
Llevas siempre contigo ese recuerdo,
y aunque apenas aciertes a evocarlo
después de tantos años,
algo más decisivo te acompaña
que la sola memoria de un paraje:
la quietud misteriosa y despojada,
la llamada del páramo y las nubes;
el sentimiento vago pero firme
-firme hasta la insolencia
y cruelmente leal-
de que tú has de llegar
por la devastación a la belleza,
por la desolación a la verdad.

lunes 30 de junio de 2008

El río. Miguel Ibáñez

A river estuary. Albert Bierstadt

En las tardes de junio ibas al río.
Antes de que los padres,
en junta asesorada por abuelas
médicos y maestros,
declararan abierto oficialmente
el verano de playa y de molicie,
te escapabas al río,
y en las oscuras pozas chapoteabas
bajo la luz filtrada por los sauces.
En el río aprendiste lo esencial
para sobrevivir: hay que nadar
como un perro aunque sea, como un sapo;
hay que mover los brazos y las piernas,
hacer ruido y espuma y sobre todo
no irse al fondo en silencio,
no desaparecer como una piedra
sin que nadie lo advierta.
Para sobrevivir hay que negarle
el derecho a expresar su voluntad
al otro yo, el que siempre te acompaña
y sin grandes protestas ni aspavientos
se dejaría hundir.

martes 24 de junio de 2008

Breve tratado de epistemología. Miguel Ibáñez

La voix des airs. René Magritte

Preferimos que el mundo se parezca
a nuestras fantasías sobre el mundo
y por eso lo vemos
a través de la ciencia.
Cualquier otra mirada
es tan indecorosa
que será procesada
en juicio categórico.

sábado 21 de junio de 2008

El placer de la lectura (relato erótico). Miguel Ibáñez

El beso. Auguste Rodin


Te leo como un cuento, hojeo tus páginas, sigo tus líneas, deletreo tus palabras, y aunque todavía no sé cuál será el final, siempre recordaré tu argumento y tus personajes, y la gracia indulgente que te hacía esa costumbre mía, tan fea, de humedecer el dedo con saliva antes de pasar las hojas.

jueves 19 de junio de 2008

Monstruos. Miguel Ibáñez

El espíritu de la colmena. Víctor Erice


Los monstruos aparecen todas las tardes a eso de las seis. Suelen ser puntuales, monstruosamente metódicos en sus visitas.
Pero no llegan en tropel, sino poco a poco, de uno a uno, de dos en dos, en un goteo que puede despistar a quien no conozca estos lugares. Porque al principio nada extraño parece suceder entre los olmos, los sauces, los castaños, pero al cabo de un rato los monstruos se han adueñado del parque y ya no hay quien soporte su gritería.
Aúllan, rugen y chillan de una manera espeluznante hasta que cae la noche, y después se van por donde vinieron, dejando un rastro infame de babas, caramelos, envoltorios pringosos, zapatos rotos y polvo levantado.
Sólo entonces, cuando ya se puede pasear sin peligro, salimos de nuestros refugios.
No falta quien hable de ponerse en su lugar, comprender como se tiene que sentir un monstruo para comportarse de esa forma, en fin, tal vez iniciar un diálogo que nos permita entendernos en el futuro y compartir el mundo.
Pero eso es imposible. ¿Cómo va a rebajarse tanto una ardilla?

domingo 15 de junio de 2008

Fábula. Miguel Ibáñez


Esopo rodeado de las fábulas

Un jurado de ranas se ha reunido
y batraciescamente ha debatido
a quién premiar, a qué vate señero:
lógicamente, a un sapo cancionero.

La incompetencia básica de nuestro sistema educativo. Miguel Ibáñez

La última moda en educación son las “competencias básicas”. Se definen como “habilidades necesarias para todos los ciudadanos”, “la capacidad de responder a demandas complejas y llevar a cabo tareas diversas de forma adecuada”. Estas competencias básicas suponen “una combinación de habilidades prácticas, conocimientos, motivación, valores éticos, actitudes, emociones y otros componentes sociales y de comportamiento que se movilizan conjuntamente para lograr una acción eficaz”, etc.

Esto puede ser entendido al menos de dos maneras.

La primera es una obviedad. La definición de “competencias básicas” enumera tantas cosas que en realidad no dice ninguna, y tan sólo supone que el sistema educativo debe responder a las demandas de la sociedad. Descubrimiento insólito. Causa de espanto y asombro que conmoverá al mundo, sin duda, cuando las gentes lo sepan.

Pero la segunda manera de entenderlo está produciendo uno de esos espasmos pedagógicos que sufre el cuerpo educativo cada cierto tiempo desde la implantación de la LOGSE. Una vez más, el formalismo pedagógico más insustancial es presentado como la gran novedad, el truco de circo definitivo que va a acabar con el sonrojo que nos causan los informes internacionales.

Y una vez más, ese formalismo inane apunta al profesor especialista, el profesor de cada asignatura de Enseñanza Secundaria, como responsable. Porque hay que decirlo claramente: si los alumnos suspenden a pesar de las ya legendarias facilidades que se les dan para aprobar, el culpable es el profesor. En un sistema de resabios stalinistas, el profesor es el nuevo kulak, el saboteador, el reaccionario incapaz de entender los nuevos tiempos. Como el kulak, el profesor es en sí mismo un sospechoso, no tanto por su comportamiento de hecho como por pertenecer a una clase, a un grupo “objetivamente contrarrevolucionario”. El profesor imparte contenidos, la propia naturaleza de su oficio lo exige, pero los contenidos son la rémora arcaica y discriminatoria que nuestro sistema educativo pretende eliminar para sustituirla por habilidades, procedimientos, métodos, en fin, mañas de artesano.

El problema reside en que nadie adquiere un procedimiento que no se haya asentado en unos contenidos previos: nada serio escribirá quien no tenga ideas en la cabeza; ningún trabajo académico digno de ese nombre podrá redactar quien no haya asimilado los conceptos sobre los que debe escribir; y ninguna instancia, reclamación o informe –esos “textos prácticos” son los que están sustituyendo a los textos literarios en nuestros institutos- podrá elaborar quien no tenga la cultura general necesaria para hacer una o con un canuto.

El resultado de esos planteamientos es patente para quien lo quiera ver: nuestros estudiantes no saben Lengua española ni Historia de la Literatura, y en consecuencia tampoco saben rellenar una instancia o redactar un informe; no saben Física o Ciencias naturales y en pura lógica tampoco saben leer un texto científico.

Pero contra esa evidencia, nuestro sistema educativo reacciona escogiendo un culpable, y ese chivo expiatorio es el profesor. El profesor se ve así acusado, emplazado y reemplazado por quienes ocupan ahora el centro del sistema, los comisarios políticos que determinan a quién se debe culpar del sabotaje. Son el burócrata y el pedagogo quienes han sustituido al profesor en su papel y quienes lo han reducido a un simple ejecutor de instrucciones políticamente correctas. Las funciones del burócrata y el pedagogo coinciden a menudo en la misma persona aunque son, en principio, distintas. Distintas pero complementarias. El burócrata pide informes y el pedagogo proporciona el lenguaje con el que hay que rellenar esos informes. El burócrata establece la acusación en la misma pregunta -¿por qué suspenden tantos alumnos en su asignatura?- y el pedagogo asigna los términos en los que el acusado debe hacerse la autocrítica: porque no he sabido motivar a mis alumnos, porque utilizo métodos antiguos e inadecuados, porque no he acertado a compensar las desigualdades sociales con las que mis alumnos se enfrentan a la cultura…

¿Por qué producen nuestras fábricas tractores defectuosos, camarada? Porque los saboteadores nazi-trotskystas me sobornaron para averiar los tractores.

Esa es la lógica que sigue nuestro sistema educativo. De ninguna manera los alumnos suspenden porque no quieren estudiar, porque en su casa no se preocupan de que hagan los deberes o porque se pasan demasiadas horas jugueteando con el móvil. De ninguna manera. Nuestros alumnos suspenden porque los profesores están al servicio del enemigo.

Artículo aparecido en El diario montañés

sábado 14 de junio de 2008

Estructura circular. Miguel Ibáñez

Idilio atómico y uránico melancólico. Salvador Dalí

El último texto recitado sobre la Tierra volvió a tener un aire cadencioso, de nana o de conjuro: …tres, dos, uno

miércoles 11 de junio de 2008

Una conversación. Miguel Ibáñez

Fotografía de lupevalencia


Cuando empezó a llover,
un pájaro cruzaba el cielo gris.
Nos refugiamos bajo
el porche de la entrada,
donde los fumadores
despertamos aún
cierta misericordia compungida
entre las almas justas;
nos pusimos a hablar
del trabajo, del tiempo endemoniado,
del Índice de Precios al Consumo,
en tono blandamente quejumbroso,
Salicio y Nemoroso juntamente,
pero con un cigarro entre los labios.
La colilla encendida
chisporroteó en un charco y esa fue
la señal para entrar
de nuevo al edificio
acristalado y acondicionado.

Un pájaro en el bosque,
la luz líquida y lenta de los árboles,
el extraño clamor
de las hojas quebradas por la lluvia:
todo eso debería
estar en las palabras,
aunque fuera de alguna forma frágil
o como la sombra de un
animal fugitivo.

domingo 8 de junio de 2008

Atardecer en la orilla del Tormes. Miguel Ibáñez

Escrito en el agua. Fotografía de Jon Hyde


El río va dejando
en la maleza sucia de su orilla
la luz que ya no va a volver a usar.
Allí quedan los restos
de la iluminación del mediodía,
los despojos disueltos del fulgor
que desde las alturas descendió
hasta la superficie de las aguas.
Esos trozos de luz
brillan entre las bolsas de basura
como cristales rotos.

martes 3 de junio de 2008

Valladolid, Paseo del Cementerio. Miguel Ibáñez

Paseo del Cementerio. Antonio López


Con fulgor incendiario
resplandece la luz
a esta última hora de la tarde,
y hay un momento,
antes de que anochezca,
en que los arbolillos suburbiales
parecen dedos, garras
con las que un Sol crispado y moribundo
atenaza las sábanas del día.

sábado 31 de mayo de 2008

Viento sur. Miguel Ibáñez

El resplandor. José Luis Mazarío

Programa para hoy:
concierto en sur mayor,
por la orquesta de viento y confusión.
Ejecutantes: sillas de terraza,
toldos, macetas,
ventanas, y tal vez
un poema de amor
escrito a mano en una hoja de rayas
-como en los viejos tiempos-
que bailará por toda la ciudad
la danza de las cartas estrujadas.

martes 27 de mayo de 2008

En medio del camino. Miguel Ibáñez

El jardín de Pontoise. Camille Pissarro



No sé cómo se llaman esas flores.

Me basta con saber

que las recordaré

después de que se hayan marchitado.

sábado 24 de mayo de 2008

Santanderinos. Miguel Ibáñez

La movida. Guillermo Grandal


En los días de luz entre borrascas
nos sentamos al sol en las terrazas,
pedimos el vermú y los calamares
con descaro burlón y bullanguero,
como niños que gritan y provocan
a las nubes y al viento del oeste
para salir corriendo cuando vengan,
y así entre esas carreras y esos juegos
van pasando las sombras del invierno,
van pasando los meses y los años,
va llegando la muerte, y la esperamos
sabiendo que al final nos va a pillar
y que en el fondo ya iba siendo hora,
y tampoco es que pase nada grave:
ni siquiera morirse es de morirse.

martes 20 de mayo de 2008

Viento del nordeste. Miguel Ibáñez

Fotografía de Jorn Olsen


Las sábanas tendidas
hacen de espanta-nubes:
con grandes sacudidas y aspavientos
asustan a los nimbos y los cúmulos
para que no desciendan
a comerse la luz que hemos sembrado.

viernes 16 de mayo de 2008

Las montañas, los valles solitarios. Miguel Ibáñez

Tombstone. Jacob Lawrence



Mientras voy conduciendo,
la luz de la mañana
se me echa encima como ave rapaz,
y la gasolinera y los semáforos,
los cubos de basura y los camiones,
los anuncios de tráfico, las vallas,
la carretera, el fondo del paisaje,
los bosques, las montañas,
los pájaros, las nubes
arden con la belleza y la violencia
de la resurrección.

lunes 12 de mayo de 2008

Microrrelato: La lluvia futura. Miguel Ibáñez

Fotograma de Stalker. Andrei Tarkovski


Un pájaro cruza la ventana.
Después otro.
Después otro, y otro más.
Y más…
Llega a hacerse monótono.
El hombre aparta su vista de la ventana y vuelve a posarla en la pantalla del Sistema Post-informático de Tratamiento de Datos.
Pero siente una punzada de melancolía: a veces echa de menos los tiempos antiguos, cuando llovía agua.

martes 6 de mayo de 2008

Gripe. Miguel Ibáñez

La niña enferma. Edvard Munch



Tiene la enfermedad un tempo largo,
lento como una nube de verano,
que nos hace viajar
por apacibles ríos
y valles sosegados, a la sombra
de nuestra finitud,
como si la intuición
del declive y la muerte
orientara los pasos del viajero
y le infundiera un dulce desarraigo.
En la noche callada,
cuando sube la fiebre,
ya no vemos el mundo
con ojos deslumbrados por el tiempo
y por el espejismo de las cosas,
sino desde los altos bosques, desde
la cima iluminada
del desconocimiento de uno mismo.

lunes 5 de mayo de 2008

Negocios. Miguel Ibáñez


Deberían bastarte la luz de esta mañana,
un buen libro, tal vez algo de música…
Pero nunca es bastante.
Quieres hacer negocio con el mundo,
darle algo tuyo a cambio de algo suyo:
tu tiempo, sus riquezas;
tu conciencia, su reino;
tu dignidad, su gloria fugitiva.
No ignoras, sin embargo,
que ese pacto firmado con tu sangre
tiene un aire escabroso
de leyenda maldita, olor a azufre
y sonrisa burlona.
No ignoras que al final
siempre saldrás vencido.
Pero cierras los ojos
y dices: ¿por qué no?
Y tampoco te importa demasiado
saber que la ganancia va a ser mísera,
incluso en esos términos
en que el mundo la juzga:
una fotografía en el periódico,
unas cuantas monedas –ni siquiera
tienen por qué llegar a treinta-, un leve
fulgor de admiración.
No es necesario más para vender tu alma,
y el comprador lo sabe;
su oferta no será muy generosa.
Pero te juzgaría mal quien piense
que por materialismo,
por apego a los bienes terrenales
pondrás tu libertad en el mercado.
Muy al contrario, el espíritu
habita en tu interior,
y lo hace de tal forma
que no soporta ver desde su casa
la realidad sin límites
de todo lo que no le pertenece.
Que todo el universo sea sólido,
ajeno, inusurpable, en vez de ser
un espejismo, un sueño, algo que puedas
crear o disolver a voluntad,
eso es lo que no puedes soportar.