El viernes se presentó en la librería Gil La puerta de Volterra, una recopilación de poemas de Marina Gurruchaga. A su labor como traductora de Hilde Domin me remitía hace poco, y habría que añadir al menos su traducción de cuatro poemas de Stefan George en la revista Ultramar (número 6-7). Sin duda, merecería la pena que alguna editorial seria se interesara por esas traducciones de poetas tan interesantes como poco difundidos en lengua española.
Pero hoy es la propia obra poética de Marina Gurruchaga la que nos ocupa. El libro tiene una buena introducción de Elena Galiano que le servirá de guía al lector, de manera que yo me limitaré a añadir aquí unas breves impresiones, al hilo de una primera lectura.
Tengo la opinión -simple y algo patética, como todas las opiniones lanzadas al aire de un blog o de una tertulia literaria- de que el simbolismo marcó definitivamente el rumbo de la poesía contemporánea, de manera que todas las corrientes de la poesía moderna se pueden reducir a dos: la que convierte el símbolo en el centro del texto (vanguardias, hermetismo...) y la que reacciona contra esa centralidad de lo simbólico intentando recuperar el lenguaje "natural", inmediatamente comunicativo (poesía social, poesía de la experiencia...)
Las dos tendencias se remiten al simbolismo de manera inevitable y casi trágica, ya sea para afirmarlo o para negarlo, para profundizar en sus caminos o para plantarse junto a la señal de Dirección obligatoria y gritar: de aquí no pasamos.
Pues bien, Marina escoge de manera definitiva y valiente la primera opción. Habla mediante la sugestión y la alusión, mediante el símbolo y la metáfora; pero lo que hace -y eso la distingue de tantos metaforizadores de oficio- es insertar su propio estilo en una tradición cultural. Me refiero a la tradición cristiana.
De esa tradición hereda una actitud en primer lugar: la que al menos desde Orígenes interpreta el mundo como un texto, legible a la luz del texto sagrado. Al ser iluminadas las cosas del mundo por esa luz adquieren un sentido nuevo, espiritual, y ese sentido espiritual es el que Marina indaga con su poesía.
En segundo lugar hereda un marco narrativo en el que sitúa su propia simbología. El lenguaje a veces difícil de Marina Gurruchaga no responde al capricho del poeta, sino a la necesidad de hablar de lo que está más allá de las palabras. Pero ese "más allá" no es el resultado de una mera especulación personal, sino la otra cara de la realidad, una realidad objetiva en la que el tiempo, la muerte y Dios son cauces, señales que delimitan ese marco narrativo -el de la caída y la redención- por el que fluye de manera natural el lenguaje poético. Ese cauce ayuda a objetivar el contenido de una poesía menos polisémica de lo que parece a simple vista.
En fin, ya hablaré con más detalle, y de forma menos atropellada, de la poesía de Marina. Hoy tan sólo me queda añadir un poema del libro, uno de los que más me han gustado porque aúna la riqueza simbólica de la que he hablado con una sencillez expresiva verdaderamente bella.
Han caído ya
Todas las manzanas.
Se han precipitado desde la bóveda azul y oro
De la tarde de diciembre.
Su gruesos cuerpos, tras de un instante
De júbilo en el fragor del viento,
Estallan sobre la blanda madre,
Sobre la tierra que ya no las conoce,
Ruedan entre la hierba humedecida,
Se preparan para la muerte que comienza.
Hay humo en el jardín,
Humo del tiempo que siempre se repite
Pues que pasa.
Ahora los manzanos se van ennegreciendo,
Sus ramas inmóviles como estandartes
De la noche, pacientemente otean
Sobre el muro las señales queridas.

