RODANDO, de hombre en hombre,
sin saber cómo, he caído,
cayendo
en medio del mundo mismo
sin saber cómo, he caído,
cayendo
en medio del mundo mismo
Manuel Arce
Hace unas semanas cumplía sus primeros ochenta años el escritor Manuel Arce. Coincidió la fecha con su estancia en Madrid y en esa ciudad, en la que pasa temporadas en las que aprovecha para ver exposiciones y saludar a amigos, celebró con su familia el feliz aniversario.
Manuel Arce nació en San Roque del Acebal en 1928, pequeño pueblo del oriente de Asturias próximo a Llanes. El paisaje de su infancia estaría presente luego en sus tres primeras novelas, Testamento en la Montaña, Pintado sobre el vacío y La tentación de vivir, como lo estaría más adelante la ciudad de Santander. Escribía en una ocasión refiriéndose a su paisaje de infancia:
“El punto crucial de esta geografía íntima lo constituye, por supuesto, el paisaje de San Roque del Acebal (en cuya estación de ferrocarril nací) y, por extensión, lo que yo llamo sus alrededores. O sea: desde el antiguo Molino del Río Purón, en el oriente, hasta la zona occidental de Posada. Éste es, por lo general, el escenario geográfico en cuya orografía y paisaje he situado la peripecia literaria de mis personajes. Debo confesar que también era éste el territorio de mis correrías infantiles y de mis primeras romerías. A nadie puede sorprender, por lo tanto, que éste fuese el paisaje primero de mis primeras obras literarias. No un paisaje inventado, sino un paisaje vivido. Y, dentro de la narración, un paisaje revivido. Recuperado por la memoria para alimentar la nostalgia del recuerdo”
A los ocho años se traslada a vivir a Santander, territorio literario de sus novelas posteriores. Desde muy joven comienza a escribir. Conoce a Julio Maruri, quien lee sus versos y le descubre la Generación del 27. A través del poeta de Las aves y los niños entraría a formar parte del grupo Proel a partir de 1945. Sería el miembro más joven.
En 1948 crea y dirige la revista y colección de libros La isla de los ratones, en la que publicarían las voces poéticas más importantes del siglo veinte español más algunas de la lírica universal.
En 1952 abre en la calle San José, con una exposición del pintor Benjamín Palencia, la galería Sur, en la que expondrían los artistas españoles más destacados de aquellos años. Allí se vieron las obras informalistas de los grupos El Paso, Dau al Set, la renovación figurativa que aportaron las Escuelas de Vallecas y de Madrid y, por supuesto, muchos artistas cántabros del momento, desde la generación de los sesenta hasta los que fueron creciendo con la galería. Algunos de ellos mostrando sus obras por primera vez. Así durante cuarenta y dos años. Para muchos espectadores la galería Sur significó la oportunidad de acercarse al arte contemporáneo, una ventana de aire fresco en medio del adocenado arte académico.
De la importancia de su trayectoria como galerista y como editor dan cumplida cuenta los libros Poesía española del medio siglo (La isla de los ratones) en 1991 y Sur. Un escenario para la Memoria, en 1998, editado el primero por Caja Cantabria y el segundo por el Museo de Bellas Artes de Santander, en los que se evocan algunos de los momentos más significativos de ambos proyectos, sorprendiéndole al lector que no tuvo ocasión de conocerlos, la cantidad y prestigio de los creadores, tanto poetas como artistas plásticos, así como la belleza de las cuidadas ediciones. Ambos libros fueron publicados paralelamente a las exposiciones que mostraban una parte del material que conserva Arce.
Sus primeros poemas aparecen en la revista leonesa Espadaña, publicando su primer libro a los veinte años en la Imprenta de los Hermanos Bedia. Sería el primer título que saliese del histórico taller. Entre sus libros más importantes se deben citar Sonetos de vida y propia muerte (1949), Llamada (1949), Carta de paz para un hombre extranjero (1951), Sombra de un amor (1952) y Biografía de un desconocido (1954).
¿Cómo era la poesía que escribía Manuel Arce en esos años? Él mismo la comenta: “Hacía una poesía un tanto contestataria. La llamada poesía social. Que era social, pero no política exactamente. Una poesía que luego fue tan vituperada. Era una poesía que hoy llamarían “de la experiencia”. Cosa que no deja de ser una etiqueta más. Porque de la experiencia del hombre nace toda obra de arte. De la experiencia, supongo, nace todo lo que se escribe”
En todos ellos el hombre es el protagonista de su poesía en la cuál se refleja el sentimiento que le provoca la mirada que dirige a una sociedad dura y en ocasiones sin esperanza. Para el también poeta Juan Antonio González Fuentes, una poesía “en la que la esperanza y la preocupación de carácter existencial por el ser humano, como individuo y como sujeto colectivo de la historia, son los asuntos principales, siendo además tratados estos asuntos casi siempre de forma analítica y huyendo de un lirismo que podríamos calificar de subjetivo”. El amor y la soledad están presentes asimismo en su obra.
En un momento determinado deja de escribir poesía y se introduce en el ámbito de la narrativa. “Hay una primera época en la que se solapan en mí las dos cosas. Sin dejar de escribir poesía empiezo a escribir novela”, señala Arce. Como recuerda que fue Miguel Delibes, que entonces veraneaba en Suances, quien le animó a escribir: “En una ocasión quiso saber si yo había vivido aquellas fatídicas noches del Febrero del 41. Y le conté nuestra experiencia familiar. Al terminar me dijo: Manolo, tú eres un narrador nato y lo que tienes que hacer es escribir novela con este tema. Te será facilísimo. Escribí tres o cuatro capítulos. Aquello me pareció tan anodino que destruí lo escrito. Sin embargo dentro de mí había quedado algo que me impulsaba a escribir en prosa. Y me puse a trabajar en un argumento que me rondaba la imaginación desde hacía tiempo. Escribí una novela titulada Cuatro palmos de tierra. Una novela que sigue inédita en una estantería del cuarto trastero y que nunca he vuelto a leer, pero que dio motivo a que escribiera otra cosa muy distinta, Testamento en la Montaña”.
Como novelista ha publicado Testamento en la Montaña (1956), con el que obtuvo el premio Concha Espina en Torrelavega, Pintado sobre el vacío (1958), La tentación de vivir (1961), Anzuelos para la lubina (1962), Oficio de muchachos (1963) y El precio de la derrota (1970), abordando temas difíciles para aquellos años como el suicidio, la fe y las dudas religiosas, la clandestinidad y las luchas políticas, y siempre con una preocupación por los temas sociales. Alguna de sus novelas ha sido llevada al cine, como Oficio de muchachos, si bien hay que decir que con no mucho acierto: mejor leer la novela.
Para abundar más en su actividad cultural, podemos citar su presencia como miembro de los jurados de diferentes premios poéticos de nuestra comunidad (José Hierro y Alegría del Ayuntamiento de Santander, Gerardo Diego de la Consejería de Cultura, entre otros): a él se debe la creación de los premios del Consejo Social de la Universidad para estudiantes cántabros creados durante su etapa de presidente de esta institución y que darían lugar a la colección del mismo nombre. Precisamente él fue el primer presidente del Consejo Social.
Este apretado recorrido biográfico, parece que es el balance de la intensa vida literaria de un autor al que se quiere hacer un homenaje por su brillante trayectoria. Y puede dar la impresión de que la persona homenajeada esté retirada en su casa mirando al mar, en al caso de Arce mirando la bahía santanderina, y evocando melancólicamente imágenes de su pasado. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Manuel Arce cumple calendarios pero sigue mostrándose activo.
Más allá de recrearse en lo ya realizado, en los dos últimos años ha publicado dos nuevos trabajos. Por un lado, la novela El latido de la memoria, ambientada durante la guerra civil en Santander, y con la que obtuvo el premio Alarcos en Oviedo, donde reflexiona sobre el dolor, los odios y las venganzas en unas situaciones que nunca tenían que haber ocurrido.
Por otro lado, la antología Poesía del medio siglo en Cantabria: 1950-2000, un estudio de la lírica de nuestra comunidad que inicia con Gerardo Diego y llega hasta Miguel Sacristán como poeta más joven.
A estas publicaciones hay que añadir La isla de los ratones (hojas de poesía), la edición facsimilar que Visor Libros ha hecho de la revista. Un hermoso volumen de ochocientas páginas para bibliófilos y amantes de la poesía con el que se recupera la memoria de una de las aventuras editoriales más importante del siglo pasado en lengua castellana (1948-1955).
Pero el rayo creativo de Manuel Arce no cesa. Ahora está entregado en cuerpo y alma a una actividad que muchos amigos le han sugerido hace mucho tiempo basándose en dos de sus cualidades, la memoria y la antes mencionada capacidad narrativa (Manolo es de las personas que mejor saben contar historias que yo haya conocido): la redacción de sus memorias.
A partir de los cientos de cartas y fotografías que conserva y manteniendo entrevistas con algunos de los protagonistas del tiempo vivido y recuperado, está escribiendo páginas de un periodo de la cultura de Cantabria y de su propia vida, que serán muy útiles para los historiadores para conocer ese tiempo. Estoy seguro que en más de un momento se habrá emocionado, incluso alguna lágrima se le habrá escapado al surgir escenas y situaciones ya olvidadas que vuelven con toda la carga de lo intensamente vivido.
Y coincidiendo casi con su cumpleaños un verdadero regalo. La antología poética que le publica Icaria preparada por Juan Antonio González Fuentes, conocedor como pocos de su obra. Icaria, dirigida por el cántabro Jesús Ortiz Pérez del Molino, ya había editado una antología de Alejandro Gago, asimismo de González Fuentes, y el último libro de Fernando Gómez Aguilera.
La antología de Arce es una oportunidad de conocer en profundidad su obra poética, porque hasta ahora era casi inencontrable. Estoy seguro de que para más de uno será un verdadero descubrimiento.
Manolo, felicidades por las páginas de vida que sigues escribiendo.

