viernes 29 de agosto de 2008

Un día de campo. Miguel Ibáñez

El imperio de las luces. René Magritte

El otro día nuestro amigo Pedro, que es un buen conocedor de la zona, nos llevó de excursión por unas pistas del valle de Soba cuya construcción dirigió él, precisamente, así que no podíamos haber elegido mejor guía.
Después escribí este relato, inspirado en los paisajes que vi. Se lo dedico a Pedro y Marieta, y que me perdonen el tono siniestro, que nada tiene que ver con el día tan agradable que pasamos. Pero los caminos de la literatura son aún más intrincados que los del valle de Soba.

Atravesamos nubes, vimos buitres, entramos en un pueblo abandonado, contemplamos el valle desde un saliente entre rocas, paramos en medio de un bosque, ella dijo: en este lugar hay algo mágico, ella siempre está al acecho de lugares así, se llevó una rama con bayas rojas, pero se arañó, una gota de sangre cayó sobre la raíz del árbol, ahora ya perteneces para siempre a este lugar, dije yo, me gusta tomarme a broma sus poses new age, este lugar siempre irá contigo, siempre, siempre, siempre, ella amenazó con provocar una tormenta que sólo me mojara a mí, soy bruja, ¿sabes?, lo sé, lo sé muy bien, dije riendo, en el camino de vuelta un perro enorme nos siguió durante un trecho, después salimos a la carretera, el tráfico de la ciudad se nos hacía extraño y hasta ofensivo, cuando llegamos a casa estábamos tan cansados que nos acostamos sin cenar, casi sin hablar, dormimos de un tirón toda la noche, al día siguiente había que ir a trabajar, hay que ir a trabajar todos los días, si no fuera por eso quién podría disfrutar de tanto tiempo libre, todos los días sin nada que hacer, y además creo que fue esa misma noche cuando empezó aquello, y desde entonces evitamos estar juntos, se hace violento disimular los dos, fingir que no oímos nada, a veces pienso, y estoy seguro de que ella también lo piensa, qué hemos metido en casa, qué hemos traído, eso que siempre parece estar a nuestra espalda y susurra cosas incomprensibles y se arrastra por las habitaciones, lo único que pido, ¿pero a quién?, es que no lleguemos nunca a verlo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Si cada vez que hagamos una excursión nos haces ese regalo, ¡arrepiéntete, estaremos todo el día de excursión!¡Me ha parecido espléndido!, y nada siniestro sino misterioso, abierto, para que cada uno continúe por los derroteros de "su" imaginación. ¡Gracias, amigo! Marieta.

Anónimo dijo...

No te vuelvo a sacar más de campo porque acabarás llevándote todos sus espíritus a casa.¡Gracias!. Pedro

Miguel Ibáñez dijo...

¡Qué sería de los siniestros si no fuera por sus amigos! Gracias a vosotros por el día tan inspirado que me proporcionasteis. Tengo en la memoria aquel paisaje, el que Pedro recordaba también, tan vívido como si lo acabara de ver.
Y que tiemblen los buitres, que otro día les tocará a ellos.