En 1996 Jesús Pardo publicaba el primer tomo de sus memorias bajo el título Autorretrato sin retoques. Ya para entonces había publicado gran parte de su obra en narrativa más importante iniciada con Ahora es preciso morir, y continuada con Ramas secas del pasado, Cantidades discretas y Eclipses, todas ellas con referencias autobiográficas ficcionalizadas que el lector podrá descubrir con la primera entrega memorialista.
No es el memorialismo un género literario muy frecuente en la literatura española como lo es en la anglosajona, por ejemplo. De vez en cuando algún autor llama la atención con su libro más por las anécdotas o chacarrillos que cuenta que por el verdadero sentido que debe tener un libro de memorias.
Realmente es un género difícil y comprometido. Hay que haber vivido mucho, ser observador, saber trascender la anécdota personal, tener memoria y, sobre todo, saber contar, saber narrar. Cualquiera te dice que su vida sí que es para escribir una novela. Luego te das cuenta que lo que te cuenta es una sucesión de anécdotas, fechas, encuentros, sin saber interpretarlos, sin contextualizarlos. Válidos, como mucho, para consultar datos o fechas. Todo lo contrario que encontrará el lector en las memorias de Pardo.
En España fueron muy bien recibidas las de Carlos Barral, Cuando las horas veloces, las de Juan Goitysolo, Coto vedado, Recuerdos y olvidos de Francisco Ayala, las de Adolfo Marsillach, Tan lejos, tan cerca, Mi último suspiro de Luis Buñuel y Pretérito imperfecto de Castilla del Pino, por citar títulos y autores tan diferentes entre sí. Algunas han sido impulsadas por el Premio Comillas de la editorial Tusquets.
Hay que decir en primer lugar que son memorias de memoria, como indica el título del segundo tomo, es decir, están escritas sin consultar ningún dato. Por eso afirma: “En una historia como ésta, la verdad no es más que lo que llega al filtro de la inteligencia desde la cámara frigorífica de la memoria. Y es seguro que llegará tullida, deformada incluso, y que sus detalles serán menos fiables que el testimonio apoyado en documentación fidedigna, pero siempre tendrá más exactitud mágica, de esa que sobrevive a la exactitud histórica y cronológica, y aun a la matemática, porque se nutre del poso que dejó el suceso en la mente de su protagonista, antagonista, comparsa o claque, en el instante de ocurrir”.
En cualquier caso, las evocaciones desde la memoria, no son reconstrucciones: “Cualquier intento de reconstrucción del pasado falla siempre en lo esencial: color, sabor, olor, y sólo salva, con un poco de suerte, parte de la cáscara. Tanto más desesperante es esto cuanto más salta lo perdido a la vista del frustrado reconstructor”.
Autorretrato sin retoques, primer volumen de las memorias, “Iba a titularse Razón sin razón de vida; es decir, la búsqueda de razones para algo que, como la vida humana, no las tiene” explica en el prólogo.
La portada del libro ya define en cierto modo al autor que se convierte en personaje central de las memorias. Aparece Jesús Pardo con un maletín en una mano, unas bolsas en la otra y debajo del brazo unos libros. No se sabe muy bien si vuelve de un viaje o está a punto de partir. Al llegar a su mayoría de edad la vida de Jesús Pardo va ser un continuo viaje entre Madrid y Londres principalmente, pero también a otras ciudades europeas, debido a su actividad profesional como corresponsal, con fugaces viajes a Santander. “La rana viajera” se autodenomina en un momento dado.
Están divididas en cuatro partes. La primera es su etapa en el Sardinero, desde 1927 a 1944. La segunda sus cuatro años en Santander, entre 1944 y 1948. La tercera tiene lugar en Madrid a partir de 1948, cuando con veintiún años cobra su herencia y se va a esa ciudad hasta 1952, fecha en la que se traslada a Londres como corresponsal. De 1952 a 1974, fecha en la que vuelve a España, es abordado en la última parte del libro.
De 1927 a 1944 vivió en el Sardinero. Era un mundo propio, una isla. No tenía nada que ver con Santander para Pardo. Se hacía una vida aparte. Él viviría en Villa San José con su tía Curra y su tío Marcelino, sin recibir visitas y con el depósito de una inmensa biblioteca que devoraba y que alimentaba sus ansias de ser escritor. Sus padres le dejaron allí con dos años: “Ambos pasaron por mí como luz por el cristal”. De hecho se refiere a ellos por sus nombres, Josefa y Adolfo, como unos miembros más de la familia, no como sus padres, quizás desde una cierta lejanía o falta de sentimentalidad. Pero fueron “Tía Curra y su casa los que me hicieron ser lo que soy”. “El Sardinero es mi única patria, hasta el punto de que no me siento español, ni menos cántabro, santanderino o montañés, sino sardinerino o pejino. El olor, el color, la humedad del Sardinero siguen siendo sangre y espina dorsal de mi mente, y cualesquiera otros estímulos que les fueron sucediendo en mi experiencia salieron perdedores en esa competencia”.
De 1944 a 1948 vivió en casa de su tío Rafael en Daoíz y Velarde. Se trataba de esperar a cumplir los veintiún años y cobrar la herencia de su tía Curra. Después levantaría el vuelo. La personalidad de Jesús Pardo vendría determinada por dos tipos de familias y dos clases sociales totalmente distintas, la burguesa decadente de su padre, representada por villa San José, y la socialista por parte de su madre en la calle Daoíz y Velarde.
Es demoledor en la descripción de la decadencia de la burguesía santanderina, del provincianismo del Santander de los años cuarenta así como hace referencia a la mediocridad intelectual de la ciudad.
Como lo es describiendo en la tercera parte el ambiente “cutrísimo” de Madrid cuando llega en 1948 al que se fue acostumbrando. En esa ciudad iría adelgazando la herencia recibida con un ritmo de vida que comienza directamente residiendo en el hotel Ritz para ir buscando posteriormente a medida que se agotaba el dinero, barojianas pensiones. Trabajaría en los sindicatos, a los que dedica un capítulo, de traductor e intérprete, lo que le permite conocer por dentro las alcantarillas del Régimen. Nos habla de la censura, autocensura y propaganda utilizando a confidentes y periodistas, de la hipocresía generalizada tanto en política como en religión, del miedo y la lucha por medrar desde la sumisión ideológica y el adulamiento; de su jerarquía, intrigas, corrupción y burocracia con nombres propios; la represión moral de la Iglesia, especialmente por ensotanados castradores del erotismo y la sexualidad.
A los ambientes culturales, a sus tertulias, les dedica varios capítulos: la decadencia del café Gijón y la anoréxica economía de sus contertulios, a los que cita, de los que hace semblanzas y opina sobre su obra, en espera de un aplazado éxito literario que les redimiese de su precariedad pese a su mediocridad intelectual generalizada. Con una de ellas, el movimiento de la Juventud Creadora, que publicaba Garcilaso, dirigida por García Nieto, entró en contacto de un modo periférico, como lo hizo con Proel diría Jesús Pardo. Siempre ha sido muy resistente a formar parte de grupo alguno.
Es nombrado corresponsal en Londres de Pueblo en 1952 y más tarde de Madrid, cargo que ejercería durante veinte años. En esa ciudad fue, afirma, “donde me sentí plenamente yo”. Allí se relaciona con los ingleses para conocerles frente al resto de los españoles que se relacionaban más entre sí.
La diplomacia y los corresponsales españoles en Londres, entre fiestas, intrigas y con la oreja puesta en dirección a Madrid en espera de consignas y ascensos, cortando y pegando diríamos hoy con el lenguaje del ordenador, son objeto de sus críticas, la sumisión esperada, la censura.
Durante un tiempo, de 1967 a 1972, estuvo de corresponsal de Madrid por varios países de Europa del Este; al cierre del periódico lo sería para la agencia EFE con base en Ginebra: Varsovia, Praga, Moscú, Budapest, Sofía, Berlín, Belfast, Israel, Nueva York (1971), Atenas, El Cairo… fueron algunas de las ciudades de las que volvía con más libros y más botellas, para, como él dice con uno de sus habituales juegos de palabras, “beber más libros y leer más vino”.
El nombramiento de corresponsal de Madrid coincidió con lo que denomina “el mayor error de mi vida”: casarse con Pauline Margaret Knibbs, con la que tendría un hijo y una hija. La convivencia con Pauline se fue deteriorando progresivamente. Hacia 1970 la relación era pura rutina. Dedica abundantes páginas a la anulación de su matrimonio, utilizándolo como metáfora de la corrupción moral de un régimen y de una institución, la Iglesia. Lectura obligada para conocer la doble moral y simulación de aquellos años.
Memorias de memoria se inicia con su vuelta a Madrid de Londres en 1974. “Mis trampolines vitales son el Sardinero y Londres, con Madrid de indudable parada y fonda. Pero Madrid, al menos, existe: Santander no”.
Trabajará en la agencia EFE primero como corresponsal en París, Ginebra y Londres para luego volver a Madrid. La agencia era el hilo transmisor de tejemanejes políticos del régimen. Censura, propaganda, sueldos por silencios e incondicionales adhesiones, gañanes, trepas… Personajes que describe en crueles o burlescos retratos que acaban aludiendo a su muerte, por lo general en la miseria o la soledad. Años en el Valle de los Caídos, como llamaba a su despacho; de casa al café Gijón y el Roma, donde conoce a nuevos poetas: Antonio Hernández, Claudio Rodríguez entre ellos. Acopio de libros en Neblí, alguna casa de citas y el alcohol.
En el 74 tienen lugar en su vida dos importantes acontecimientos. Por un lado conoce a Paloma, quien será su segunda esposa. Por otro lado a Juan Tomás de Salas, que le llevará al Grupo 16, buque escuela hacia la democracia. Nuevos aires, jóvenes periodistas que empezaban a irritar al Régimen, aunque él sintiéndose cómplice, no hasta el punto “de compartir también los peligros: llegado el momento de la verdad, aquella no sería mi guerra” afirma. Durante algún tiempo trabaja simultáneamente en EFE y en Cambio 16.
Al morir Franco pide la excedencia en EFE y le nombran director de la revista Historia 16, para volver luego a Cambio 16 al sentir que no puede desarrollar su proyecto de cómo llevar la revista y dejarse llevar por la indolencia. Le nombran corresponsal volante en países del Este y Sudamérica, hasta que decide hablar con Luis María Ansón que le readmite en EFE y le envía de corresponsal a Copenhague donde estaría ocho meses. En el último capítulo comentará los diez últimos años en la agencia EFE preposfranquista, “basurero de la prensa española”, “el periodo más humillante de toda mi vida”. El día que cumple los sesenta años, fue a EFE a pedir la jubilación anticipada.
Quien quiera hacer un estudio del periodismo español durante la transición, deberá acudir a las memorias de Jesús Pardo sin duda alguna y si no quiere cometer algún olvido. Sobre todo en cuanto a valoración profesional, ideológica y humana de los periodistas que tuvieron un grado de protagonismo, a veces más virtual que real, en ella.
Sobre su valoración de la profesión de periodista y su posible influencia como narrador, escribe: “Puedo anotar con impávida gratitud lo mucho que debo a ese oficio. El desdén por la retórica, la necesidad de ir al grano”. Y en otro momento: “El blanco de mi vida era escribir cosas serias en serio, y el periodismo, entre tanto, me servía para ir tirando con ayuda de la pluma”. Por eso considera que “La literatura ha sido la única actividad en la que he sido enteramente honesto”. “La verdad es que nunca conseguí interesarme por ninguno de mis trabajos periodísticos desde la desaparición del diario Madrid. Sólo con el primer esbozo de mi primera novela seria: Ahora es preciso morir, trabajé apasionadamente en algo que para mí no era trabajo. Con paradojas como ésta se levantan catedrales”. Se me ocurre la posibilidad de publicar una antología de sus artículos periodísticos.
La coincidencia de tres hechos va a determinar su entrega de verdad a la literatura, su gran vocación, su gran pasión. Al conocer a Paloma deja la poligamia por la monogamia, “no por virtud moral o autodisciplina erótica, sino por evidente conveniencia. Y le llevará a afirmar: “Ahora sí que vas a escribir”. Por otro lado abandona el alcohol. “Yo bebía entonces de forma realmente desbocada” y el médico le asegura una muerte inmediata a poco alcohol más que ingiera. Automáticamente deja de beber. La esofagitis le hace pensar: “Mi vida comenzaba ahora su fase de escritor con mando en plaza”. Y ello coincide “al tiempo que una escurialense muerte resurrectora iba a liberarnos a todos de cuarenta años de puro paleolítico bajo las uñas sucias de una iglesia carroñera y los colmillos cariados de un ejército envilecido”.
Capítulo especial que dedica a reflexionar sobre su obra narrativa, breve pero imprescindible para sus fieles lectores por las claves que aporta. Lo titula Ahora es preciso seguir y arranca fechando el comienzo de la escritura de su primera novela, en 1979 en Copenhague, casi con cincuenta años, “uno de los momentos más solemnes y cargado de sentido de toda mi vida, y aún me agita cuando lo evoco”. Por fin era escritor.
Ya a los seis años había escrito una de piratas. Y más tarde otras incompletas que tiró a la papelera. Incluso ofrece novelas a las editoriales que aún no ha escrito. “Acabé por pensar que el tapón que me impedía empezar a escribir eran mis recuerdos de infancia del Sardinero. Como si mi tía Curra estuviese montando guardia a la puerta de mis sensaciones mentales y físicas de entonces con una goma de borrar”.
Escribe un borrador de Ahora es preciso morir de cien folios que reescribe más tarde. “Para Gimferrer, que la editó, era la primera novela de nuestra literatura en la que se trataba a ambos bandos de la guerra civil española como pura, simple historia, y en esto acertaba plenamente: rojo por parte de madre y faccioso por la del padre, con parientes asesinados a ambos lados de la alambrada, perdido a manos de los rojos el dinero que iba a hacer de mí un pequeño rentista santanderino de por vida, y a las de los blancos mi sosiego mental y entrepernil, yo despreciaba por igual a ambos inciviles bandos civiles” afirma.
Su familia la recibió como una ofensa porque “me autodesnudaba con la misma saña con la que les desnudaba a ellos”, impidiendo que se presentase en Santander. Él dejó de ir por la ciudad durante un tiempo.
Con cincuenta y tres años, Jesús Pardo formaba parte en España de la narrativa de los ochenta junto a los jóvenes autores que se incorporaban en esos años.
Su siguiente novela es Ramas secas del pasado, de 1984, que para su autor pasó sin pena ni gloria, “como un manchón mate y oscuro” después del fogonazo deslumbrante de la primera. Para Pardo, “no me parece bien rematada, aunque da una versión original y bastante exacta, que puede cobrar importancia, de la bohemia literaria madrileña y de las covachuelas del franquismo entre mis veintiuno y veinticuatro años”.
Su tercera novela fue Cantidades discretas, publicada en 1987, “la primera novela netamente inglesa que publica en España un escritor español”. En ella tuvo un papel esencial su mujer Paloma, que la resumió, sintetizo hasta el número de páginas con que se editó, dado que a Jesús se le atascó el final: “Mi idea era que ni empezase ni terminara, como suele ocurrir en la vida real, sobre todo por lo que a terminar se refiere, y al final me encontré con una maraña de cabos sueltos que no supe rematar”.
Su cuarta novela de la tetralogía autobiográfica fue Eclipses, escrita “deprisa y corriendo” y publicada en 1993. Novela “divertida y rara y, en bastante medida, evocativamente exacta, pero no está a la altura de Ahora es preciso morir y Cantidades discretas. Aquellas dos probablemente resistan el tiempo, y me parecen a la altura de lo mejor que se ha escrito en mi tiempo en novela española, de modo que no tengo razón para sentirme derrotado, aunque, si lo que yo proyectaba era una tetralogía, y las circunstancias, a contrapelo de mis deseos, me la han reducido a simple duología, tampoco puedo, honradamente, declararme victorioso”. De nuevo se muestra autocrítico.
Otras novelas, entre la tercera y la cuarta, Operación Barbarrosa, Las últimas horas de Pincher Trumbo, Yo, Marco Ulpio Trajano, Bucarest y Conversaciones en Transilvania, a la que dedica un capítulo. Son libros, escribe, que “Ninguno de ellos me interesa profundamente, sin que eso quiera decir que los considere malos”.
“El remate de mi tetralogía son mis dos tomos de memorias. Ahora es preciso morir abrió en mí, sin yo pensarlo o planificarlo en modo alguno, la espita de la mitomanía autobiográfica, que sólo ahora, terminado el segundo tomo de mi autobiografía, comienza a dar claros síntomas de agotamiento”. Por eso finaliza diciendo: “Mi único objetivo vital es que mi paso por la literatura española, sobre todo en el género memorístico, dé a ésta un aire nuevo, por mínimo que sea, de veracidad y autenticidad. En conseguir esto está en juego toda mi vida, y de ello depende para mí lo que yo entiendo por éxito o fracaso”.
Reflexiones sobre la guerra civil española (“Con la victoria de los nacionales yo perdí la guerra sin remedio, como la perdieron todos los que no querían vivir entre censuras, rosarios de la aurora y desfiles de la victoria”), las mujeres (“Lo que ponemos en las mujeres, como lo que ellas dejan en nosotros, es nuestro: no las necesitamos para revivirlo”), sus creencias religiosas (“Para mí, la necesidad de Dios está en la evidencia de que entre dos incompatibilidades como la nada y el todo ha de haber por fuerza una fuerza-puente, la cual no requiere de mi creencia en ella: otra cosa es que el Papa y sus secuaces no puedan vivir sin la urgente aportación de mi diezmo y mi primicia para seguir la representación”), la muerte (“También yo acabé convencido de que ni los muertos lo están del todo ni vivos del todo los vivos. La muerte se me transformó en otra forma de vida, y llegó a parecerme lógico oír y hasta decir cosas como: Fulanito está muerto, porque, aunque no se puede estar sin ser, los muertos, para mí, sobre todo si eran de buena familia, no podían dejar de ser”).. .
Todo lo que cuenta está plagado de anécdotas que al lector le parecen increíbles, riéndose con ellas. Incluso a Paloma, su mujer, le parecían fruto de su fantasía, pero pasa el tiempo y comprueba que sucedieron realmente.
El humor y la ironía empapan las páginas de sus memorias. Para Jesús Pardo “El humor es secreción de la inteligencia, algo consustancial a la mente”. En los retratos, en las descripciones de espacios físicos: paisajes y escenarios de su vida: el Sardinero, Madrid, Londres…; Villa San José donde transcurren sus primeros años, las sórdidas y barojianas pensiones en las que vivió… anécdotas que cuenta… En muchas ocasiones un humor duro, cruel podríamos decir. Y un humor negro dado que la muerte es una de las omnipresencias en las memorias. Refiriéndose a su conocimiento de los idiomas, trece, nos dice: “Conseguiré, si no otra cosa, que mis gusanos sean los más políglotas del cementerio”.
Los retratos, breves, precisos, con un aparente tono de objetividad, tienen en algunas ocasiones una componente burlesca apoyándose en su ingenio literario. El autor probablemente diga que los personajes eran así como él los describe. También puede decir que así los veía él. En muchos de ellos acaba refiriéndose a la última vez que les vio y su muerte en el olvido, la soledad o el merecido silencio. Un ejemplo: “Uno de los ceros derechistas más a la izquierda que he visto en mi vida”
Frases duras, lapidarias: le dice a su padre, enfermo: “si tú ya no te vas a poner bueno”; le pregunta a su tía Curra si su tío tardará en morirse para heredar el piso que la había prometido… Sin citar las auténticas trastadas y engaños, de verdadero pícaro, como pedir dinero prestado en nombre de su tía y empeñar unas esmeraldas de la madre de ésta para adquirir las obras completas de Galdós y Dostoievski u otros libros en la librería de viejo de Padilla. Cuando afirma: “Nunca sentí culpabilidad alguna por robos y tormentos a tía Curra, a quien consideraba como algo tan mío que incluso su cuerpo y mente me pertenecían”. Al final, su tía Curra diría de él: “Con Jesús no es una cruz sino un castigo de Dios y un martirio”.
Pero asimismo recordando determinados comportamientos: como cuando abofetea a su madre a la que supone responsable de haberle calentado las sábanas un día verano.
Está claro que no busca la complicidad del lector, no ofrece autojustificaciones, se muestra tal y cómo se recuerda que fue.
Tampoco se ha refugiado en la impunidad que le daría citar sólo a personas muertas que no pueden corregirle o discrepar. Se refiere valientemente también a personas que están vivas cuando se publican sus memorias y que no les va a gustar probablemente lo que lean sobre ellas.
Por eso el lector a veces se siente identificado con sus reflexiones, pero otras las rechaza y Pardo le parece especialmente antipático. Él no pretende ni lo uno ni lo otro. Sólo contar lo que recuerda como lo recuerda.
Abundan las palabras y frases en latín, en inglés y francés principalmente. También numerosas citas, como lo hace regularmente en su conversación habitual ayudado de su prodigiosa memoria. Pero nunca dan la impresión de ser utilizadas pedantemente al recurrir a ellas oportunamente. Dante es de los más citados, autor de culto para él.
Le gustan mucho los juegos de palabras, las redundancias, la ruptura de frases echas, coloquiales, las perífrasis, las paradojas. Una sintaxis muy libre que obliga a una lectura muy atenta y a implicarse al lector, con párrafos en ocasiones muy largos, sin un punto.
Un rico y cuidado vocabulario, muy personal, se combina con uno más coloquial y cotidiano, popular que incluye frases hechas. Pero al mismo tiempo creando neologismos, palabras nuevas o no utilizables derivadas del español.
El tiempo ha ido pasando. Al final, “de aquel Sardinero quedan piedras, pavimentos y hasta árboles, de Tía Curra algún hueso a medio fosilizar, pero de aquel pequeño y turbado Jesús Pardo no quedaba ya ni un átomo”. Y en sus dos tomos de memorias nos va mostrando la evolución de ese personaje que crea y es él mismo. Un poco como la mano de Escher que dibuja una mano que a su vez dibuja a la primera.
La imagen que trasciende de su persona: alguien apasionado, que apuró la vida cuanto pudo. Nervioso, inquieto… Inteligente y culto, muy exigente con los demás pero también consigo mismo. Suele, dice él, “menospreciar”, no despreciar, a los que cree mediocres y con mal gusto. Maniático en algunos aspectos: la confección de listas de las cosas que debe hacer, de amigos a visitar, de amores; la acumulación de comida que al final tiene que tirar por caducada y que remiten a una persona desordenada en lo doméstico. A la vez, un exquisito que aprovechaba los momentos económicos felices para comer bien y estar en buenos hoteles, en realidad, como él mismo reconoce: “residuales resabios altoburgueses” que no desaparecieron con los años. Discutidor, incluso con Paloma, su mujer, siempre ha tenido miedo de su espontaneidad a irse de le lengua: Londres, agencia EFE… Pero, sobre todo, una amante de la literatura y del oficio de escritor a quienes ha entregado buena parte de su vida, especialmente los últimos años.
¿Cuánto de ficción hay en las memorias y cuánto de autobiografía en las novelas? Queda por analizar para quien haga el necesario estudio de la obra de unos de los autores en lengua española más importantes de la segunda mitad del siglo veinte y, afortunadamente, aún en ejercicio.
Se pregunta en un poema: “¿Qué será de mi pasado / cuando mi memoria muera?, / ¿se volverá pura nada / tras no ser nada conmigo?”. No será así, quedarán, sin duda alguna, sus páginas como memorialista por su sinceridad, su brillantez literaria, su audacia y su profundidad reflexiva. Añadidas a su narrativa y su obra en verso (hace unas semanas ha aparecido en Huerga & Fierro Gradus ad Mortem IV-V-VI, una suerte de diario poético en el que abunda en sus grandes temas: el paso del tiempo, la muerte y lo religioso) le harán ocupar un lugar muy destacado en la literatura en española del cambio de siglo.
En cualquier caso, un autor que merecería un reconocimiento institucional de su comunidad de nacimiento por su reconocida trayectoria literaria.
No es el memorialismo un género literario muy frecuente en la literatura española como lo es en la anglosajona, por ejemplo. De vez en cuando algún autor llama la atención con su libro más por las anécdotas o chacarrillos que cuenta que por el verdadero sentido que debe tener un libro de memorias.
Realmente es un género difícil y comprometido. Hay que haber vivido mucho, ser observador, saber trascender la anécdota personal, tener memoria y, sobre todo, saber contar, saber narrar. Cualquiera te dice que su vida sí que es para escribir una novela. Luego te das cuenta que lo que te cuenta es una sucesión de anécdotas, fechas, encuentros, sin saber interpretarlos, sin contextualizarlos. Válidos, como mucho, para consultar datos o fechas. Todo lo contrario que encontrará el lector en las memorias de Pardo.
En España fueron muy bien recibidas las de Carlos Barral, Cuando las horas veloces, las de Juan Goitysolo, Coto vedado, Recuerdos y olvidos de Francisco Ayala, las de Adolfo Marsillach, Tan lejos, tan cerca, Mi último suspiro de Luis Buñuel y Pretérito imperfecto de Castilla del Pino, por citar títulos y autores tan diferentes entre sí. Algunas han sido impulsadas por el Premio Comillas de la editorial Tusquets.
Hay que decir en primer lugar que son memorias de memoria, como indica el título del segundo tomo, es decir, están escritas sin consultar ningún dato. Por eso afirma: “En una historia como ésta, la verdad no es más que lo que llega al filtro de la inteligencia desde la cámara frigorífica de la memoria. Y es seguro que llegará tullida, deformada incluso, y que sus detalles serán menos fiables que el testimonio apoyado en documentación fidedigna, pero siempre tendrá más exactitud mágica, de esa que sobrevive a la exactitud histórica y cronológica, y aun a la matemática, porque se nutre del poso que dejó el suceso en la mente de su protagonista, antagonista, comparsa o claque, en el instante de ocurrir”.
En cualquier caso, las evocaciones desde la memoria, no son reconstrucciones: “Cualquier intento de reconstrucción del pasado falla siempre en lo esencial: color, sabor, olor, y sólo salva, con un poco de suerte, parte de la cáscara. Tanto más desesperante es esto cuanto más salta lo perdido a la vista del frustrado reconstructor”.
Autorretrato sin retoques, primer volumen de las memorias, “Iba a titularse Razón sin razón de vida; es decir, la búsqueda de razones para algo que, como la vida humana, no las tiene” explica en el prólogo.
La portada del libro ya define en cierto modo al autor que se convierte en personaje central de las memorias. Aparece Jesús Pardo con un maletín en una mano, unas bolsas en la otra y debajo del brazo unos libros. No se sabe muy bien si vuelve de un viaje o está a punto de partir. Al llegar a su mayoría de edad la vida de Jesús Pardo va ser un continuo viaje entre Madrid y Londres principalmente, pero también a otras ciudades europeas, debido a su actividad profesional como corresponsal, con fugaces viajes a Santander. “La rana viajera” se autodenomina en un momento dado.
Están divididas en cuatro partes. La primera es su etapa en el Sardinero, desde 1927 a 1944. La segunda sus cuatro años en Santander, entre 1944 y 1948. La tercera tiene lugar en Madrid a partir de 1948, cuando con veintiún años cobra su herencia y se va a esa ciudad hasta 1952, fecha en la que se traslada a Londres como corresponsal. De 1952 a 1974, fecha en la que vuelve a España, es abordado en la última parte del libro.
De 1927 a 1944 vivió en el Sardinero. Era un mundo propio, una isla. No tenía nada que ver con Santander para Pardo. Se hacía una vida aparte. Él viviría en Villa San José con su tía Curra y su tío Marcelino, sin recibir visitas y con el depósito de una inmensa biblioteca que devoraba y que alimentaba sus ansias de ser escritor. Sus padres le dejaron allí con dos años: “Ambos pasaron por mí como luz por el cristal”. De hecho se refiere a ellos por sus nombres, Josefa y Adolfo, como unos miembros más de la familia, no como sus padres, quizás desde una cierta lejanía o falta de sentimentalidad. Pero fueron “Tía Curra y su casa los que me hicieron ser lo que soy”. “El Sardinero es mi única patria, hasta el punto de que no me siento español, ni menos cántabro, santanderino o montañés, sino sardinerino o pejino. El olor, el color, la humedad del Sardinero siguen siendo sangre y espina dorsal de mi mente, y cualesquiera otros estímulos que les fueron sucediendo en mi experiencia salieron perdedores en esa competencia”.
De 1944 a 1948 vivió en casa de su tío Rafael en Daoíz y Velarde. Se trataba de esperar a cumplir los veintiún años y cobrar la herencia de su tía Curra. Después levantaría el vuelo. La personalidad de Jesús Pardo vendría determinada por dos tipos de familias y dos clases sociales totalmente distintas, la burguesa decadente de su padre, representada por villa San José, y la socialista por parte de su madre en la calle Daoíz y Velarde.
Es demoledor en la descripción de la decadencia de la burguesía santanderina, del provincianismo del Santander de los años cuarenta así como hace referencia a la mediocridad intelectual de la ciudad.
Como lo es describiendo en la tercera parte el ambiente “cutrísimo” de Madrid cuando llega en 1948 al que se fue acostumbrando. En esa ciudad iría adelgazando la herencia recibida con un ritmo de vida que comienza directamente residiendo en el hotel Ritz para ir buscando posteriormente a medida que se agotaba el dinero, barojianas pensiones. Trabajaría en los sindicatos, a los que dedica un capítulo, de traductor e intérprete, lo que le permite conocer por dentro las alcantarillas del Régimen. Nos habla de la censura, autocensura y propaganda utilizando a confidentes y periodistas, de la hipocresía generalizada tanto en política como en religión, del miedo y la lucha por medrar desde la sumisión ideológica y el adulamiento; de su jerarquía, intrigas, corrupción y burocracia con nombres propios; la represión moral de la Iglesia, especialmente por ensotanados castradores del erotismo y la sexualidad.
A los ambientes culturales, a sus tertulias, les dedica varios capítulos: la decadencia del café Gijón y la anoréxica economía de sus contertulios, a los que cita, de los que hace semblanzas y opina sobre su obra, en espera de un aplazado éxito literario que les redimiese de su precariedad pese a su mediocridad intelectual generalizada. Con una de ellas, el movimiento de la Juventud Creadora, que publicaba Garcilaso, dirigida por García Nieto, entró en contacto de un modo periférico, como lo hizo con Proel diría Jesús Pardo. Siempre ha sido muy resistente a formar parte de grupo alguno.
Es nombrado corresponsal en Londres de Pueblo en 1952 y más tarde de Madrid, cargo que ejercería durante veinte años. En esa ciudad fue, afirma, “donde me sentí plenamente yo”. Allí se relaciona con los ingleses para conocerles frente al resto de los españoles que se relacionaban más entre sí.
La diplomacia y los corresponsales españoles en Londres, entre fiestas, intrigas y con la oreja puesta en dirección a Madrid en espera de consignas y ascensos, cortando y pegando diríamos hoy con el lenguaje del ordenador, son objeto de sus críticas, la sumisión esperada, la censura.
Durante un tiempo, de 1967 a 1972, estuvo de corresponsal de Madrid por varios países de Europa del Este; al cierre del periódico lo sería para la agencia EFE con base en Ginebra: Varsovia, Praga, Moscú, Budapest, Sofía, Berlín, Belfast, Israel, Nueva York (1971), Atenas, El Cairo… fueron algunas de las ciudades de las que volvía con más libros y más botellas, para, como él dice con uno de sus habituales juegos de palabras, “beber más libros y leer más vino”.
El nombramiento de corresponsal de Madrid coincidió con lo que denomina “el mayor error de mi vida”: casarse con Pauline Margaret Knibbs, con la que tendría un hijo y una hija. La convivencia con Pauline se fue deteriorando progresivamente. Hacia 1970 la relación era pura rutina. Dedica abundantes páginas a la anulación de su matrimonio, utilizándolo como metáfora de la corrupción moral de un régimen y de una institución, la Iglesia. Lectura obligada para conocer la doble moral y simulación de aquellos años.
Memorias de memoria se inicia con su vuelta a Madrid de Londres en 1974. “Mis trampolines vitales son el Sardinero y Londres, con Madrid de indudable parada y fonda. Pero Madrid, al menos, existe: Santander no”.
Trabajará en la agencia EFE primero como corresponsal en París, Ginebra y Londres para luego volver a Madrid. La agencia era el hilo transmisor de tejemanejes políticos del régimen. Censura, propaganda, sueldos por silencios e incondicionales adhesiones, gañanes, trepas… Personajes que describe en crueles o burlescos retratos que acaban aludiendo a su muerte, por lo general en la miseria o la soledad. Años en el Valle de los Caídos, como llamaba a su despacho; de casa al café Gijón y el Roma, donde conoce a nuevos poetas: Antonio Hernández, Claudio Rodríguez entre ellos. Acopio de libros en Neblí, alguna casa de citas y el alcohol.
En el 74 tienen lugar en su vida dos importantes acontecimientos. Por un lado conoce a Paloma, quien será su segunda esposa. Por otro lado a Juan Tomás de Salas, que le llevará al Grupo 16, buque escuela hacia la democracia. Nuevos aires, jóvenes periodistas que empezaban a irritar al Régimen, aunque él sintiéndose cómplice, no hasta el punto “de compartir también los peligros: llegado el momento de la verdad, aquella no sería mi guerra” afirma. Durante algún tiempo trabaja simultáneamente en EFE y en Cambio 16.
Al morir Franco pide la excedencia en EFE y le nombran director de la revista Historia 16, para volver luego a Cambio 16 al sentir que no puede desarrollar su proyecto de cómo llevar la revista y dejarse llevar por la indolencia. Le nombran corresponsal volante en países del Este y Sudamérica, hasta que decide hablar con Luis María Ansón que le readmite en EFE y le envía de corresponsal a Copenhague donde estaría ocho meses. En el último capítulo comentará los diez últimos años en la agencia EFE preposfranquista, “basurero de la prensa española”, “el periodo más humillante de toda mi vida”. El día que cumple los sesenta años, fue a EFE a pedir la jubilación anticipada.
Quien quiera hacer un estudio del periodismo español durante la transición, deberá acudir a las memorias de Jesús Pardo sin duda alguna y si no quiere cometer algún olvido. Sobre todo en cuanto a valoración profesional, ideológica y humana de los periodistas que tuvieron un grado de protagonismo, a veces más virtual que real, en ella.
Sobre su valoración de la profesión de periodista y su posible influencia como narrador, escribe: “Puedo anotar con impávida gratitud lo mucho que debo a ese oficio. El desdén por la retórica, la necesidad de ir al grano”. Y en otro momento: “El blanco de mi vida era escribir cosas serias en serio, y el periodismo, entre tanto, me servía para ir tirando con ayuda de la pluma”. Por eso considera que “La literatura ha sido la única actividad en la que he sido enteramente honesto”. “La verdad es que nunca conseguí interesarme por ninguno de mis trabajos periodísticos desde la desaparición del diario Madrid. Sólo con el primer esbozo de mi primera novela seria: Ahora es preciso morir, trabajé apasionadamente en algo que para mí no era trabajo. Con paradojas como ésta se levantan catedrales”. Se me ocurre la posibilidad de publicar una antología de sus artículos periodísticos.
La coincidencia de tres hechos va a determinar su entrega de verdad a la literatura, su gran vocación, su gran pasión. Al conocer a Paloma deja la poligamia por la monogamia, “no por virtud moral o autodisciplina erótica, sino por evidente conveniencia. Y le llevará a afirmar: “Ahora sí que vas a escribir”. Por otro lado abandona el alcohol. “Yo bebía entonces de forma realmente desbocada” y el médico le asegura una muerte inmediata a poco alcohol más que ingiera. Automáticamente deja de beber. La esofagitis le hace pensar: “Mi vida comenzaba ahora su fase de escritor con mando en plaza”. Y ello coincide “al tiempo que una escurialense muerte resurrectora iba a liberarnos a todos de cuarenta años de puro paleolítico bajo las uñas sucias de una iglesia carroñera y los colmillos cariados de un ejército envilecido”.
Capítulo especial que dedica a reflexionar sobre su obra narrativa, breve pero imprescindible para sus fieles lectores por las claves que aporta. Lo titula Ahora es preciso seguir y arranca fechando el comienzo de la escritura de su primera novela, en 1979 en Copenhague, casi con cincuenta años, “uno de los momentos más solemnes y cargado de sentido de toda mi vida, y aún me agita cuando lo evoco”. Por fin era escritor.
Ya a los seis años había escrito una de piratas. Y más tarde otras incompletas que tiró a la papelera. Incluso ofrece novelas a las editoriales que aún no ha escrito. “Acabé por pensar que el tapón que me impedía empezar a escribir eran mis recuerdos de infancia del Sardinero. Como si mi tía Curra estuviese montando guardia a la puerta de mis sensaciones mentales y físicas de entonces con una goma de borrar”.
Escribe un borrador de Ahora es preciso morir de cien folios que reescribe más tarde. “Para Gimferrer, que la editó, era la primera novela de nuestra literatura en la que se trataba a ambos bandos de la guerra civil española como pura, simple historia, y en esto acertaba plenamente: rojo por parte de madre y faccioso por la del padre, con parientes asesinados a ambos lados de la alambrada, perdido a manos de los rojos el dinero que iba a hacer de mí un pequeño rentista santanderino de por vida, y a las de los blancos mi sosiego mental y entrepernil, yo despreciaba por igual a ambos inciviles bandos civiles” afirma.
Su familia la recibió como una ofensa porque “me autodesnudaba con la misma saña con la que les desnudaba a ellos”, impidiendo que se presentase en Santander. Él dejó de ir por la ciudad durante un tiempo.
Con cincuenta y tres años, Jesús Pardo formaba parte en España de la narrativa de los ochenta junto a los jóvenes autores que se incorporaban en esos años.
Su siguiente novela es Ramas secas del pasado, de 1984, que para su autor pasó sin pena ni gloria, “como un manchón mate y oscuro” después del fogonazo deslumbrante de la primera. Para Pardo, “no me parece bien rematada, aunque da una versión original y bastante exacta, que puede cobrar importancia, de la bohemia literaria madrileña y de las covachuelas del franquismo entre mis veintiuno y veinticuatro años”.
Su tercera novela fue Cantidades discretas, publicada en 1987, “la primera novela netamente inglesa que publica en España un escritor español”. En ella tuvo un papel esencial su mujer Paloma, que la resumió, sintetizo hasta el número de páginas con que se editó, dado que a Jesús se le atascó el final: “Mi idea era que ni empezase ni terminara, como suele ocurrir en la vida real, sobre todo por lo que a terminar se refiere, y al final me encontré con una maraña de cabos sueltos que no supe rematar”.
Su cuarta novela de la tetralogía autobiográfica fue Eclipses, escrita “deprisa y corriendo” y publicada en 1993. Novela “divertida y rara y, en bastante medida, evocativamente exacta, pero no está a la altura de Ahora es preciso morir y Cantidades discretas. Aquellas dos probablemente resistan el tiempo, y me parecen a la altura de lo mejor que se ha escrito en mi tiempo en novela española, de modo que no tengo razón para sentirme derrotado, aunque, si lo que yo proyectaba era una tetralogía, y las circunstancias, a contrapelo de mis deseos, me la han reducido a simple duología, tampoco puedo, honradamente, declararme victorioso”. De nuevo se muestra autocrítico.
Otras novelas, entre la tercera y la cuarta, Operación Barbarrosa, Las últimas horas de Pincher Trumbo, Yo, Marco Ulpio Trajano, Bucarest y Conversaciones en Transilvania, a la que dedica un capítulo. Son libros, escribe, que “Ninguno de ellos me interesa profundamente, sin que eso quiera decir que los considere malos”.
“El remate de mi tetralogía son mis dos tomos de memorias. Ahora es preciso morir abrió en mí, sin yo pensarlo o planificarlo en modo alguno, la espita de la mitomanía autobiográfica, que sólo ahora, terminado el segundo tomo de mi autobiografía, comienza a dar claros síntomas de agotamiento”. Por eso finaliza diciendo: “Mi único objetivo vital es que mi paso por la literatura española, sobre todo en el género memorístico, dé a ésta un aire nuevo, por mínimo que sea, de veracidad y autenticidad. En conseguir esto está en juego toda mi vida, y de ello depende para mí lo que yo entiendo por éxito o fracaso”.
Reflexiones sobre la guerra civil española (“Con la victoria de los nacionales yo perdí la guerra sin remedio, como la perdieron todos los que no querían vivir entre censuras, rosarios de la aurora y desfiles de la victoria”), las mujeres (“Lo que ponemos en las mujeres, como lo que ellas dejan en nosotros, es nuestro: no las necesitamos para revivirlo”), sus creencias religiosas (“Para mí, la necesidad de Dios está en la evidencia de que entre dos incompatibilidades como la nada y el todo ha de haber por fuerza una fuerza-puente, la cual no requiere de mi creencia en ella: otra cosa es que el Papa y sus secuaces no puedan vivir sin la urgente aportación de mi diezmo y mi primicia para seguir la representación”), la muerte (“También yo acabé convencido de que ni los muertos lo están del todo ni vivos del todo los vivos. La muerte se me transformó en otra forma de vida, y llegó a parecerme lógico oír y hasta decir cosas como: Fulanito está muerto, porque, aunque no se puede estar sin ser, los muertos, para mí, sobre todo si eran de buena familia, no podían dejar de ser”).. .
Todo lo que cuenta está plagado de anécdotas que al lector le parecen increíbles, riéndose con ellas. Incluso a Paloma, su mujer, le parecían fruto de su fantasía, pero pasa el tiempo y comprueba que sucedieron realmente.
El humor y la ironía empapan las páginas de sus memorias. Para Jesús Pardo “El humor es secreción de la inteligencia, algo consustancial a la mente”. En los retratos, en las descripciones de espacios físicos: paisajes y escenarios de su vida: el Sardinero, Madrid, Londres…; Villa San José donde transcurren sus primeros años, las sórdidas y barojianas pensiones en las que vivió… anécdotas que cuenta… En muchas ocasiones un humor duro, cruel podríamos decir. Y un humor negro dado que la muerte es una de las omnipresencias en las memorias. Refiriéndose a su conocimiento de los idiomas, trece, nos dice: “Conseguiré, si no otra cosa, que mis gusanos sean los más políglotas del cementerio”.
Los retratos, breves, precisos, con un aparente tono de objetividad, tienen en algunas ocasiones una componente burlesca apoyándose en su ingenio literario. El autor probablemente diga que los personajes eran así como él los describe. También puede decir que así los veía él. En muchos de ellos acaba refiriéndose a la última vez que les vio y su muerte en el olvido, la soledad o el merecido silencio. Un ejemplo: “Uno de los ceros derechistas más a la izquierda que he visto en mi vida”
Frases duras, lapidarias: le dice a su padre, enfermo: “si tú ya no te vas a poner bueno”; le pregunta a su tía Curra si su tío tardará en morirse para heredar el piso que la había prometido… Sin citar las auténticas trastadas y engaños, de verdadero pícaro, como pedir dinero prestado en nombre de su tía y empeñar unas esmeraldas de la madre de ésta para adquirir las obras completas de Galdós y Dostoievski u otros libros en la librería de viejo de Padilla. Cuando afirma: “Nunca sentí culpabilidad alguna por robos y tormentos a tía Curra, a quien consideraba como algo tan mío que incluso su cuerpo y mente me pertenecían”. Al final, su tía Curra diría de él: “Con Jesús no es una cruz sino un castigo de Dios y un martirio”.
Pero asimismo recordando determinados comportamientos: como cuando abofetea a su madre a la que supone responsable de haberle calentado las sábanas un día verano.
Está claro que no busca la complicidad del lector, no ofrece autojustificaciones, se muestra tal y cómo se recuerda que fue.
Tampoco se ha refugiado en la impunidad que le daría citar sólo a personas muertas que no pueden corregirle o discrepar. Se refiere valientemente también a personas que están vivas cuando se publican sus memorias y que no les va a gustar probablemente lo que lean sobre ellas.
Por eso el lector a veces se siente identificado con sus reflexiones, pero otras las rechaza y Pardo le parece especialmente antipático. Él no pretende ni lo uno ni lo otro. Sólo contar lo que recuerda como lo recuerda.
Abundan las palabras y frases en latín, en inglés y francés principalmente. También numerosas citas, como lo hace regularmente en su conversación habitual ayudado de su prodigiosa memoria. Pero nunca dan la impresión de ser utilizadas pedantemente al recurrir a ellas oportunamente. Dante es de los más citados, autor de culto para él.
Le gustan mucho los juegos de palabras, las redundancias, la ruptura de frases echas, coloquiales, las perífrasis, las paradojas. Una sintaxis muy libre que obliga a una lectura muy atenta y a implicarse al lector, con párrafos en ocasiones muy largos, sin un punto.
Un rico y cuidado vocabulario, muy personal, se combina con uno más coloquial y cotidiano, popular que incluye frases hechas. Pero al mismo tiempo creando neologismos, palabras nuevas o no utilizables derivadas del español.
El tiempo ha ido pasando. Al final, “de aquel Sardinero quedan piedras, pavimentos y hasta árboles, de Tía Curra algún hueso a medio fosilizar, pero de aquel pequeño y turbado Jesús Pardo no quedaba ya ni un átomo”. Y en sus dos tomos de memorias nos va mostrando la evolución de ese personaje que crea y es él mismo. Un poco como la mano de Escher que dibuja una mano que a su vez dibuja a la primera.
La imagen que trasciende de su persona: alguien apasionado, que apuró la vida cuanto pudo. Nervioso, inquieto… Inteligente y culto, muy exigente con los demás pero también consigo mismo. Suele, dice él, “menospreciar”, no despreciar, a los que cree mediocres y con mal gusto. Maniático en algunos aspectos: la confección de listas de las cosas que debe hacer, de amigos a visitar, de amores; la acumulación de comida que al final tiene que tirar por caducada y que remiten a una persona desordenada en lo doméstico. A la vez, un exquisito que aprovechaba los momentos económicos felices para comer bien y estar en buenos hoteles, en realidad, como él mismo reconoce: “residuales resabios altoburgueses” que no desaparecieron con los años. Discutidor, incluso con Paloma, su mujer, siempre ha tenido miedo de su espontaneidad a irse de le lengua: Londres, agencia EFE… Pero, sobre todo, una amante de la literatura y del oficio de escritor a quienes ha entregado buena parte de su vida, especialmente los últimos años.
¿Cuánto de ficción hay en las memorias y cuánto de autobiografía en las novelas? Queda por analizar para quien haga el necesario estudio de la obra de unos de los autores en lengua española más importantes de la segunda mitad del siglo veinte y, afortunadamente, aún en ejercicio.
Se pregunta en un poema: “¿Qué será de mi pasado / cuando mi memoria muera?, / ¿se volverá pura nada / tras no ser nada conmigo?”. No será así, quedarán, sin duda alguna, sus páginas como memorialista por su sinceridad, su brillantez literaria, su audacia y su profundidad reflexiva. Añadidas a su narrativa y su obra en verso (hace unas semanas ha aparecido en Huerga & Fierro Gradus ad Mortem IV-V-VI, una suerte de diario poético en el que abunda en sus grandes temas: el paso del tiempo, la muerte y lo religioso) le harán ocupar un lugar muy destacado en la literatura en española del cambio de siglo.
En cualquier caso, un autor que merecería un reconocimiento institucional de su comunidad de nacimiento por su reconocida trayectoria literaria.


2 comentarios:
Estupenda perspectiva de la obra de Jesús Pardo la que nos regala Luis Alberto Salcines. Pocas claves, ninguna de las imprescindibles, quedan por evidenciar de su obra. No puedo, sin embargo, estar más en desacuerdo, en el cierre del artículo, con el intento de impulsar la “institucionalización” del escritor … Precisamente (como indica Ángel Camacho de nuestra actividad en Ars Poliphonica), “la casi indiferencia por parte de las autoridades culturales, supone un claro indicativo de que la labor realizada sigue por el buen camino”…
Pues sí, estoy de acuerdo contigo: lo mejor que pueden hacer los políticos con la cultura es olvidarse de ella.
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