lunes 5 de mayo de 2008

Negocios. Miguel Ibáñez


Deberían bastarte la luz de esta mañana,
un buen libro, tal vez algo de música…
Pero nunca es bastante.
Quieres hacer negocio con el mundo,
darle algo tuyo a cambio de algo suyo:
tu tiempo, sus riquezas;
tu conciencia, su reino;
tu dignidad, su gloria fugitiva.
No ignoras, sin embargo,
que ese pacto firmado con tu sangre
tiene un aire escabroso
de leyenda maldita, olor a azufre
y sonrisa burlona.
No ignoras que al final
siempre saldrás vencido.
Pero cierras los ojos
y dices: ¿por qué no?
Y tampoco te importa demasiado
saber que la ganancia va a ser mísera,
incluso en esos términos
en que el mundo la juzga:
una fotografía en el periódico,
unas cuantas monedas –ni siquiera
tienen por qué llegar a treinta-, un leve
fulgor de admiración.
No es necesario más para vender tu alma,
y el comprador lo sabe;
su oferta no será muy generosa.
Pero te juzgaría mal quien piense
que por materialismo,
por apego a los bienes terrenales
pondrás tu libertad en el mercado.
Muy al contrario, el espíritu
habita en tu interior,
y lo hace de tal forma
que no soporta ver desde su casa
la realidad sin límites
de todo lo que no le pertenece.
Que todo el universo sea sólido,
ajeno, inusurpable, en vez de ser
un espejismo, un sueño, algo que puedas
crear o disolver a voluntad,
eso es lo que no puedes soportar.