Tiene la enfermedad un tempo largo,
lento como una nube de verano,
que nos hace viajar
por apacibles ríos
y valles sosegados, a la sombra
de nuestra finitud,
como si la intuición
del declive y la muerte
orientara los pasos del viajero
y le infundiera un dulce desarraigo.
En la noche callada,
cuando sube la fiebre,
ya no vemos el mundo
con ojos deslumbrados por el tiempo
y por el espejismo de las cosas,
sino desde los altos bosques, desde
la cima iluminada
del desconocimiento de uno mismo.
lento como una nube de verano,
que nos hace viajar
por apacibles ríos
y valles sosegados, a la sombra
de nuestra finitud,
como si la intuición
del declive y la muerte
orientara los pasos del viajero
y le infundiera un dulce desarraigo.
En la noche callada,
cuando sube la fiebre,
ya no vemos el mundo
con ojos deslumbrados por el tiempo
y por el espejismo de las cosas,
sino desde los altos bosques, desde
la cima iluminada
del desconocimiento de uno mismo.


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