miércoles 7 de mayo de 2008

El reloj de arena. José Alberto García Avilés

Cronos devorando a sus hijos. Francisco de Goya


Orestes llegó con su señora al hospital. Había insistido en conducir él, aunque aún estaba convaleciente de la operación de cataratas. En la habitación 411 encontraron a Belén con Jorge y la criatura. Orestes le dio dos besos a su hija y estrechó la mano de su yerno, como tantas otras veces. Su mujer cogió al bebé en brazos –estaba despierta- y empezó su letanía de elogios. Casi inconscientemente, Orestes se palpó el estómago, la papada, y la piel seca de sus brazos. Volvió a apreciar con meticulosidad su deterioro. No apartaba la vista de la niña, aunque sin atreverse a mirarla con fijeza. El rumor de las conversaciones en la sala le pareció cada vez más distante, lejano. Poco a poco, Orestes fue escrutando a la niña con disimulada ansiedad. Los ojos legañosos, la boca babeante, las manitas, la pura inocencia conformaba la imagen simétrica e invertida de su tiempo. El tiempo que a partir de ahora ella consumía era el mismo que a él se le iba robando, escatimando, al dictado de una ley inapelable. Advirtió la crudeza de aquel reloj de arena. El diente que le saldrá es el que yo perderé; el centímetro que aumenta, el que empequeñezco; las luces que adquiere, las que en mí se extinguen; y cada año que cumpla, se me sustraerá a mí. La niña rompió a llorar y Orestes sintió un escalofrío. Había empezado la definitiva cuenta atrás.




José Alberto García Avilés (Granada, 1965), periodista y doctor en comunicación, ha trabajado como redactor de informativos de televisión y en la actualidad es profesor de Periodismo en Elche. Ha vivido largas temporadas en Dublín, Nueva York y Kuala Lumpur. Es autor de Dos minutos: Microrrelatos, que acaba de publicarse en la colección Dos veces cuento que dirige Jose Luis González. Sus historias han aparecido en las revistas Quimera, Batarro, Atzavares, Ciudadela y Nuestro Tiempo, así como en la antología Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (2005).

2 comentarios:

Marta dijo...

Me ha encantado este relato. Al leerlo, experimento una emoción universal: el hecho de que cada nueva vida nos empuja, de algún modo, hacia el final de la nuestra. Está muy bien contado, felicito al autor y espero poder leer su libro. Gracias.

Miguel Ibáñez dijo...

Gracias a ti por leer La Grúa. Voy poniendo aquí las cosas que me parecen interesantes, y es siempre una alegría comprobar que este blog le sea útil a algún lector.