La juventud no es una buena edad, por lo general, para pensar ni para escribir. La vida está demasiado cerca y estorba, hace ruido, nos ofrece un montón de cosas y nos las niega, nos fascina y nos asusta al mismo tiempo. Así que cualquiera escribe algo serio en esas condiciones.
Y lo mismo ocurre con la muerte. La juventud no es tampoco una edad para pensar en la muerte; tal vez lo sea para obsesionarse con ella, pero no para meditar sobre ella.
En este poema, Raymond Carver nos habla de algo de eso, de cómo la muerte aparece en nuestro pensamiento cuando ya estamos maduros para ello; y aunque aparezca de forma brusca e inopinada, como siempre, al menos habrá tenido la delicadeza de consentir que le diéramos la espalda cuando éramos jóvenes.
SANGRE
Éramos cinco a la mesa de juego
sin contar al croupier
y su ayudante. El hombre
de junto a mí tenía los dados
en la mano.
Se sopló los dedos, dijo:
¡Vamos, pequeños! Y se inclinó
sobre la mesa para tirar.
En ese momento, una sangre roja brotó
de su nariz, salpicando
el verde paño de fieltro. Soltó
los dados. Se echó hacia atrás pasmado.
Y luego aterrorizado cuando la sangre
corrió por su camisa abajo. ¡Dios mío!
¿qué me está pasando?
gritó. Se agarró a mi brazo.
Oí funcionar los motores de la Muerte.
Pero en aquella época yo era joven,
y estaba borracho, y quería jugar.
No tenía por qué escuchar.
Así que me largué. No me volví ni siquiera,
ni encontré esto dentro de mi cabeza, hasta hoy.


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