domingo 13 de abril de 2008

El viento en la puerta VII. Jesús Carmona

Centro blanco. Mark Rothko


... Dios hace que las sombras de los lirios paguen una callada moneda de silencio, de angustia y ruina.

... Dios hace que cuando la lluvia inunda desde la boca de los pozos hasta el pecho de las palomas tú estés tumbado en la hierba y el canto de tu vida encharque todo.

... Dios hace que veas, que escuches con total, absoluta nitidez la conversación entre el abuelo y el niño: “¿ves?, ¿ves cómo la gente se afana por hacer las mismas cosas, y por estar en el mismo sitio?. No temas, camina, camina recto y deprisa. Atravesarás ese mar, y otro mar de gente, también estarás solo y más solo; ¿ves?, ¿ves cómo la gente, aunque están juntos, también sienten su soledad, que les golpea en el pecho?” “Sí, abuelo, pero yo quiero estar contigo”. ... Dios hace que les veas, al chaval con su pelo tan liso batido por el viento, y los ojos inteligentes, y al abuelo con su rostro que parece de piedra, que escuches su voz de pastor, su voz poderosa que parece capaz de crear las praderas ... Dios hace que esa conversación se corte y repases los ojos por el valle, ya silencioso y nocturno, y te traslada de esa bondad a esta paz, de esa sabiduría a la contemplación de tu vasta inocencia.

... Dios hace que


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Los días: la respiración del frío. Las montañas, lejanas, están nevadas. Cierras los ojos, escribes una música de silencio, y la próxima cifra será la de la primavera. De nuevo, te quedas callado y el niño que está a tu lado se pone a hablar con su garganta de pajarillos que es como la risa, que es como el arpa y el arroyo. Entre el arpa y el arroyo la muerte se queda mirando, sola, hasta la noche, cómo se va la luz, cómo se seca nuestra boca en el sueño, mientras los astros protegen la vida de las criaturas, mientras la lluvia golpetea el cristal, mientras el viento se cuela en el oído.


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Intentaremos golpear, pero como la lluvia. Empujar, pero como el viento en el oído de la noche. Vigilar, pero como aquél que canta en la contemplación del mensaje del mar, que es tan inmenso como el latir de la vida.

Intentaremos, cuando la voz del silencio se parezca tanto a la caricia de Dios, desechar otros signos; no podrán más los rencores ni las culpas con nuestra ilusión de vivir, sencilla y tenaz.


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(Duetto)
- En la noche, la lluvia y los coches azuzan mi mudez.
- Pero mamá te mirará al entrar por la puerta con la misma ternura del primer día de tu llegada al mundo.


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Los personajes que hablan en este “duetto” hablan a tu corazón, hablan desde tu corazón. Son tu corazón que se pone a latir con dos caras, angelicales, vacías, desesperadas, como sólo lo puede hacer en el mundo quien tiene amor por el mundo, quien conserva amor por el mundo, quien sabe que incluso en el desplazamiento puede acogerse un centro, irradiar desde un centro una naturaleza nunca pisada, nunca comenzada, nunca fallida.


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La carretera lisa, firme. Y al fondo el cuerpo de la cordillera nevado, reflejado de sol. Vamos hacia la nieve, deslumbrados, como cuando fuimos hacia la noche, como cuando nos envolvimos en la noche. La noche acogedora. ¿Vamos hacia la nieve, o estamos detenidos? ... Pero el agua de la bahía fluye, refluye en un movimiento continuo, delicado, sobre la espalda de las estaciones, paisaje siempre de nuestra muerte.


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Cuando la música se puso a temblar no nos fuimos; tampoco lloramos, ni dijimos palabras sencillas y difíciles. Nos acercamos con nuestras manos y quisimos ser viento, sol, y nos mezclamos con desorden en su vida.



(noviembre, diciembre; 2006)