Incandescencia: Música que asciende, intensidad que se reparte por el espacio desnudo de la piedra, esplendor y geometría. Luz y silencio. Incandescencia.
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Si el viento azota en mi rostro, con frío, con fiereza, sabré confiado que la hora de tu calor, mi Dios, está tan cerca, que ni la tiniebla, ni el dolor, ni mis errores, podrán apartarme del camino, pues ahora estás desde el inicio del día, desde el primer acorde de la música, desde la primera respiración del silencio, desde la primera sonrisa de la luz, desde mi frágil oración hasta la penúltima oleada de la nada.
(“mudanza”)
Si el viento azota en mi rostro,
con frío, con fiereza,
sabré confiado que la hora
de tu calor, mi Dios,
está tan cerca,
que ni la tiniebla, ni el dolor,
ni mis errores, podrán apartarme del camino;
pues ahora estás
desde el inicio del día,
desde el primer acorde de la música,
desde la primera respiración del silencio,
desde la primera sonrisa de la luz,
desde esta frágil oración
hasta la penúltima oleada de la nada.
(“mudanza”)
si el viento azota
en mi rostro, con frío,
con fiereza,
sabré confiado
que la hora
de tu calor, mi Dios,
está tan cerca
que
ni la tiniebla
ni el dolor,
ni mis errores
podrán
apartarme
del camino;
pues ahora estás
desde el inicio
del día,
desde el primer
acorde de la música,
desde la primera
respiración
del silencio,
desde la primera
sonrisa de la luz,
desde mi frágil
oración
hasta la penúltima
oleada
de la nada.
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¿Cómo es Dios? ¿Cómo sientes a Dios? Tengo que empezar, entonces, ante esa pregunta firme, recurrente, a responder por una sensación; es de calor, de cordialidad, de cercanía. Está resumida en una sensación de presencia, es una presencia que puede hablar, pero que bordea el silencio, es una presencia que no se impone sino que nos muestra, que nos desnuda, a la vez nos protege. Nos otorga dignidad y, siempre, una nueva pureza. Y nos ayuda, porque cree, paradójicamente, en nosotros.
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El pájaro silba y pica, furioso, contra las espinosas extremidades del tejo. Y el agua, siempre al fondo, es un telón sonoro convertido en tiempo. Y el tren, que rodea el pueblo, se presenta tremblante con su poderío de piedra y de hierro. Y la brisa. Y el veneno del tejo.
Y el reloj en la torre de la iglesia hace un guiño a toda esta realidad destartalada, pero eficiente, en nada desenganchada del ritmo del mundo, pero sabiamente “aggiornada” en otra velocidad, quizás como se sentía en los cuadros finiseculares, con menos pesadez, pues la levedad está proporcionada a la quietud del paisaje; y a la economía que hacemos, en cada caso, de lo sagrado.
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El pajarillo que salta entretenido, ahora, por el pradico. Y otro, más grande, que infla su pecho y abre su cola gris, posado en la verja. Y estos, en pareja, arrebatando su vuelo instantáneamente. El día todavía con su bruma, y su humedad, quiere abrirse al sol, y respirar el mar ...
“Cuando huelo una mezcla de eucalipto, madreselva y mar, se que se ha acabado el curso”, dice la maestra que dicta Platero a los chicos.
Siempre hemos estado ahí, viendo el amanecer de los pájaros, la belleza fuerte del sol, y la bruma quizás habrá sido sólo un alimento de invierno, un momento narcotizado, un ajuste previo a la resurrección.
El pájaro silba y pica, furioso, contra las espinosas extremidades del tejo. Y el agua, siempre al fondo, es un telón sonoro convertido en tiempo. Y el tren, que rodea el pueblo, se presenta tremblante con su poderío de piedra y de hierro. Y la brisa. Y el veneno del tejo.
Y el reloj en la torre de la iglesia hace un guiño a toda esta realidad destartalada, pero eficiente, en nada desenganchada del ritmo del mundo, pero sabiamente “aggiornada” en otra velocidad, quizás como se sentía en los cuadros finiseculares, con menos pesadez, pues la levedad está proporcionada a la quietud del paisaje; y a la economía que hacemos, en cada caso, de lo sagrado.
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El pajarillo que salta entretenido, ahora, por el pradico. Y otro, más grande, que infla su pecho y abre su cola gris, posado en la verja. Y estos, en pareja, arrebatando su vuelo instantáneamente. El día todavía con su bruma, y su humedad, quiere abrirse al sol, y respirar el mar ...
“Cuando huelo una mezcla de eucalipto, madreselva y mar, se que se ha acabado el curso”, dice la maestra que dicta Platero a los chicos.
Siempre hemos estado ahí, viendo el amanecer de los pájaros, la belleza fuerte del sol, y la bruma quizás habrá sido sólo un alimento de invierno, un momento narcotizado, un ajuste previo a la resurrección.
(mayo, junio; 2007)


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